El anti-ídolo. Ensayo y crítica sobre los ídolos contemporáneos.

Creado: 31/1/2012 | Modificado: 20/3/2014 1699 visitas | Ver todas Añadir comentario



 

Contraejemplo. Los ídolos son una rémora, un escollo.

Para aquel  individuo cargado con múltiples y variadas aspiraciones vitales, la repercusión de las hazañas obradas por estos epicúreos y controvertidos arquetipos puede resultar tanto un notable estímulo como el mayor de los impedimentos para llevar su vida a buen puerto. El entorno en el que nos movemos resulta cómplice absoluto para que este continuo proceso de “lavado de cerebro” no tenga fin. Las sustancias “pegajosas” se encuentran por doquier. La publicidad, la propaganda, nos envuelve como su manto familiar, nos acompaña con su hálito cercano al tiempo que nos embadurna de su viscoso engrudo para atenazarnos con sus profecías de baratillo. La emisión de spots altisonantes tiene como objetivo programado el que confiemos en sus dictámenes y agasajemos a sus robóticos y profilácticos protagonistas. Desasirse de esta fuerte ligazón supone un arduo reto pero también constituye un acto de redención. De libertad. Desligados de la influencia de ídolos estreñidos “dando la tabarra”, uno se siente más libre y habilitado de efectuar cualquier pensamiento sin interferencias. Las puertas del futuro se abren de par. Todo es posible con las armas de la Razón y el Entusiasmo. Con mayúsculas.

Tomemos el ejemplo de la institución religiosa. La Religión, cuyas creencias fueron palabra de dios, es decir axiomáticas e irrebatibles durante siglos, relegó a la humanidad a épocas oscuras, de barbarie, discriminación, machismo, ignorancia, a la vez que fue artífice de cruzadas o batallas sangrientas contra los “bárbaros enemigos”. Es decir, fue el paradigma de rémora para el progreso intelectual y científico (y lo sigue siendo, por cierto). En el mismo escalafón se sitúan gobernadores que promulgaron leyes incoherentes o discriminatorias. Cientos de miles de mandatarios y jerarcas han supuesto un retraso en el progreso de la humanidad suscitando la divergencia entre clases, estados y razas. Y los llamaban grandes. A Gengis Khan, algún historiador tuvo la osadía de calificarlo como “príncipe de los hombres”, quizás para adornar con un mensaje altisonante la portada de su libro. ¿A qué respondía tal apelativo? Probablemente al hecho de  erigirse como uno de los personajes históricos que más vidas sesgó (lo cual, por cierto es mucho decir, lo digo por la amplia competencia a la que tuvo que superar). Con el condimento (necesario) de un proceso destructivo fanático y cruel.
Todo un campeón, sí señor. Quizás del legado de sus hazañas provenga la frase actual que entonan nuestros "queridos" campeones: "hay que ganar por lo civil o por lo criminal".

Hitler, ese patán tan feo, de célebre bigotito ridículo, fue otro “iluminado” que destruyó millones de vidas gracias a una efectiva divulgación de una eficiente y bien orquestada propaganda que fomentaba el racismo a los judíos y la protección a una supuesta raza superior: la raza aria. ¿Lo añadimos a la lista de “grandes hombres”, a la lista de ídolos de “masas enfervorecidas”?

Un icono mal parido, unas creencias previamente establecidas, una religión o secta de gran poder, la devoción por una escuadra deportiva o por una serie de ídolos determinados pueden traer como consecuencia la aniquilación de la crítica regeneradora necesaria en toda sociedad evolucionada, sana y autocrítica que se precie.

Los pensadores con criterio comparan a estos mitos en vivo como las sirenas cantoras del mito de Ulises que conducían a los marinos hacia su perdición o la locura. Embelesan, ciegan, hipnotizan, impiden discurrir con claridad. Para tales operaciones, sigan mi consejo, aléjense de los mundanales ruidos. Que nadie entorpezca la serenidad de sus pensamientos. Tomen el mando.

Los ambientes excesivamente frívolos impiden que afloren individuos con que promulguen nuevas y renovadoras sentencias. La potente carga polarizada que inyectan en el ambiente (llamémosle negativa) contrarresta la carga contraria, mucho más rara, calificada como de reflexión (positiva).

Pues sepan que detrás de los espesísimos muros levantados tanto por aquellos que ostentan el poder (los cuales detestan que alberguemos cierto tipo de valiosos conocimientos) tanto como por los millones que siguen sus dictámenes, existe una belleza difícil de describir únicamente con palabras. Y no sólo se necesitan ojos para contemplarlas. Si no entendimiento y corazón. Para poner pie en esas tierras casi vírgenes hay que afanarse en superar muros de ciclópeas dimensiones. También cuestionar a quienes los levantan, ¿qué se habrán creído? Debemos por tanto tratar de enmendar a nuestros mandatarios, a nuestros educadores, y por tanto a nuestros ídolos. Un poquito de pensamiento reconstituyente no nos vendrían mal a todos.

Un icono de masas fabricado según las instrucciones del padrenuestro materialista casi con toda seguridad no fomentará el pensamiento razonado ni otorgará mayor autonomía a su seguidor. Se vislumbran en el horizonte muy pocas excepciones a esta cruda aseveración.  Tampoco por tanto impulsará un halo de renovación o cambio de paradigma, precisamente porque él es fragmento indisoluble de esta altiva autocracia que desdeña toda condición humana que no aporte un recompensa material. Y así, él "inteligente" como pocos, se beneficiará de manera descomunal de este legado además de permitirse el lujo de exigir un pago de impuestos a cada componente de la masa vociferante. Tributo que irá a parar a sus arcas.

El ídolo es la representación en vivo de un sistema cosificado y antinatural, su tótem visible; constituye el resultado de una metodología minuciosa fomentada por individuos egoístas, codiciosos y de livianas conciencias que sólo buscan lucrarse y a los que no les importa tergiversar cualquier información que no conlleve satisfacer sus criterios crematísticos. Lo importante son los beneficios, no las personas.

Mi consejo es que duden de las enseñanzas de cualquier ídolo pergeñado en alguno de los complejos industriales asentados en la sociedad de consumo. Sus motivaciones únicamente pasan por divertirse, entretener y adquirir la máxima cantidad de “material” (dinero) para sí. En otras palabras son tipos que “dan más pena que gloria”. En absoluto quieren lo mejor para nosotros, no les importamos en absoluto salvo como clientes, como consumidores. Si le sirve de algo yo llevo años intentando que me respondan a miles de cuestiones trascendentes sobre la vida y no hay tu tía, siempre acabo en una librería o preguntando a mi amigo Google. Mejor no hacerme la idea en qué posición me hallaría ahora si fuera por seguir los sabios consejos de estos cuestionables modelos. Quizás gritando a un árbitro, quejándome a los políticos o a mi jefe de turno, y todo eso sin posibilidad de obtener una respuesta satisfactoria a tantos y tantos esenciales porqués, enfadado, cansado y con modestas expectativas de vida. Afortunadamente para mí, todo esas ásperas palabras son agua pasada: gracias a la cultura del enfrentamiento.

Notas:
¿Qué es un ídolo de la sociedad de consumo?
Una piedra en el camino hacia la consecución de un gran ser humano. Un muro de contención para el pensamiento razonado, por tanto para una mayor libertad y autonomía del individuo adscrito a sus territorios.

¿y una sociedad plagada ídolos "espectaculares"?
Una espacio rodeado por espesas murallas sin apenas pasadizos por las que escapar y donde se oyen únicamente los mismos cánticos y plegarias ofrecidos a bombo y platillo por los reyes y dueños del vil metal.






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