El anti-ídolo. Ensayo y crítica sobre los ídolos contemporáneos.

Creado: 31/1/2012 | Modificado: 8/4/2014 1349 visitas | Ver todas Añadir comentario



 

Ídolos. Héroes por la ambición. Crítica.

Los héroes caracterizados por una fuerte ambición representan un pequeño reducto de individuos que demuestran tal fe en sí mismos como para sortear todos los obstáculos en una lucha denodada por barrer al rival, al enemigo. Nadie debe interponerse entre su arrollador y "genuino" anhelo y un destino marcado por los oráculos. El apetito desmedido de victoria que alimenta su desmedido ego representa una de las cualidades más aclamadas inherentes al espectador criado en la sociedad capitalista tanto obrero como burgués, que abraza a este insaciable sujeto como uno de sus centros neurálgicos en el devenir de su vida.

Ahora, ¿se imaginan un hombre tozudo, pertinaz cuyo afán brote del deseo de paliar el hambre o recortar las desigualdades sociales? ¿Se imagina a otro cuya anhelo "avaricioso" sea instruir a los ciudadanos con poderosos métodos psicológicos  para ayudarles a aumentar su autoestima, reducir su dependencia y motivarles a afrontar sus temores? ¿Se imaginan a un tipo cuya fundamental aspiración se centre en  reparar las lesiones de ese organismo vivo y dinámico llamado sociedad motivado por el amor a sus elementos constituyentes? ¿En arrastrar un país con la fuerza de sus palabras y sus actos hacia mares con aguas más tranquilas? ¿Se imaginan a un arriesgado y valiente individuo que atravesaría cordilleras y mares para seducir a su amada (o amado)? ¿u otro cuya vida fuera una epopeya en pos del conocimiento, en pos de la búsqueda de respuestas trascendentales, de un nuevo ser humano? 

No, ¡válgame el Dios que nos reina!, la vigente definición de ambición hoy día no rula por esas poco transitadas vías. Las palabras del anterior párrafo parecen originarse en los vapores profundos de alguna fábula griega. De conocer el paradero de tal sujeto, las multitudes lo censurarían o sería confinado a la jaula del ostracismo. El mero asomo de un aforismo moralista amedrenta al ciudadano medio, poco acostumbrado a lidiar con argumentos apartados de los comunes trasiegos cotidianos. Este tipo de ídolo representa más bien una especie de máquina lavadora de cerebros, una sede vulgar donde se produce el centrifugado de ideas.

El tipo heroico ambicioso que pulula por los medios audiovisuales  desea ganar partidas, arremolinar a gente a su alrededor, meter pelotas en un hoyo, en un cesto u otros agujeros(1), realizar películas taquilleras aunque sea caracterizando a un asesino implacable con interminables escenas de violencia gratuita y que ofrezca grandes ideas o lance indirectas a tipos perturbados, a tipos de oscuro talante o a niños ociosos para empujarlos a desquitarse de su pegajoso y nauseabundo hastío de la vida.

(1) Piensen mal (o peor) que acertarán.

En este insólito firmamento, la Bondad siempre lleva el peto del vencedor, es decir del ídolo, galones que se le atribuyen por cortesía, como un óbolo por los méritos adquiridos, por los servicios prestados a la humanidad. El ídolo es un oblea caída del cielo, un regalo bendito que casi siempre viene adornado con un hermoso lazo que luce una etiqueta sobresaliente que lleva escritas dos palabras  "Gran persona".

El héroe ambicioso se erige como una figura de perfección simulada, etérea y de fachada lustrosa, es en suma, un dechado de narcisismo, un indocumentado rey del nepotismo. Este tipo conspira por una victoria, la de sí mismo o de un bando (equipo) muy a pesar de que eso conlleve la derrota de un contrario. La única ligazón con esa fe en la conquista de la victoria es la que impone su contrato,  un documento escrito ante notario que alquila su cuerpo por una suma millonaria y un plazo determinado con el único fin de exportar al mundo exterior las bondades de una histórica camiseta o de un logotipo de una célebre marca.

En esta sociedad de estertores crematísticos y pornocromáticos, los valores éticos, así como nuestros bendecidos héroes, se compran y se venden al mejor postor, sean estos millonarios filántropos o mafiosos carente del más mínimo de los escrúpulos. No resulta extraña esta afirmación ya que ambos constituyen los paradigmas de una sociedad en la que absolutamente todo está venta, no hay nada que no tenga su precio en el mercado. Este tipo, insignia modélica y reverenciada, pretende enriquecerse a partir de la venta de objetos que lo identifican a él como la estrella rutilante del universo conocido.

Qué importa el contendiente, qué importa si sus continuos resuellos  no fomentan un mejora global si nuestro musculoso y aguerrido Stallone (o nuestra presumida y rutilante Blancanieves) añade una moneda más a su suculenta cuenta corriente. No, ninguno de nuestros beneficiarios de la conciencia colectiva  pretende una victoria sobre el mal, paliar  desastres o revertir los efectos nocivos de una enfermedad, tampoco reducir los terribles efectos de ninguna opresión discriminatoria, mas bien pugnan por saborear un triunfo sobre el tablero, de gozar con un éxito deslumbrante de taquilla, sueñan con arremolinar en torno a él a un estadio repleto de seguidores. Sí, nuestro endiosado protagonista se relame ante la presencia de audiencia multimillonaria, goza acumulando y presumiendo de títulos, se revuelca de gusto en el suelo tras asestar la cuchillada de la humillación a un adversario pues, ¿acaso  en un debate entre dos contendientes una gran victoria no revierte en una gran derrota del oponente?

Nuestro bienamado señor de los anillos no demanda justicia social, no reclama ni porfía por un pacifismo universal, no defiende más libertad que la de jugar y derrochar,  no tiende a la reflexión objetiva o pretender elaborar críticas constructivas,  apenas reconoce el valor de un bien cultural, desecha el conocimiento científico, detesta las verdades milenarias, ni siquiera el altruismo es un fin en sí mismo salvo como una rutina aleatoria y pasajera. El héroe ambicioso, de mirada desafiante, ese pedazo de humano segregacionista no se interesa por la igualdad, no justifica ninguna ley que no le otorgue ventaja, ni siquiera le resulta necesaria la sinceridad si tal recurso no engrosa su ya de por si hinchada cuenta bancaria(2), sólo le gusta mostrarse como el más hábil, el más listo. Mentir o acusar al adversario no constituyen ruines estrategias por sí mismas, si no los precisos ingredientes con los que cocina el plato de la venganza. Tales señas se consideran admisible en pos del Reconocimiento.

(2) ¿Qué es la publicidad si no el arte de maquillar la verdad?

Nuestro kafkiano comisionista de la gloria no ha sido gestado por la intuición de nobles poderes, mas bien por la imposición de un cúmulo de ansiedades arbitrarias, volátiles, efímeras o coyunturales a su época. Su presencia representa un proyectado capricho, una ocurrencia de los poderes fácticos e impulsa a una pura y genuina (eso dicen) distracción narcotizante.

Este individuo encarna a un encantador de serpientes (o de multitudes), a un astuto Copperfield que inventa redomados trucos para hechizar y mantener absorta a la concurrencia. Otras femeninas presencias se engarzan dentro de una cadena de montaje de autómatas robóticos que simulan cuerpos físicos de ver, usar y tirar, que lucen rostros brillantes ungidos por las pinceles imposibles de un prodigio informático llamado photoshop; dotados además con un discurso programado para no desviar la atención de su imponente presencia. Es decir, vacío de contenido.

Al final, la única verdad que transmite nuestro atractivo galán  se relaciona con arrancar el tedio y las preocupaciones al espectador o acólito seguidor. De eso se trata. No hablamos de educar ofreciendo consejos como granos de sabiduría ni de transmitir algún fragmento de una moderna pedagogía que inspire al atolondrado seguidor,  menos aún de la generación original de palabras grandilocuentes, mas bien de ayudar a pasar un simple rato, de degollar el tiempo, de permitir al acólito evadirse de su melancólica espesura, de su exasperante y desencajada normalidad, de aniquilarse a sí mismo por unos instantes. Es el héroe, ese enfermero amable que nos inocula una droga intravenosa que nos permite suicidarnos momentáneamente. Una vez regado nuestro fuero interno por el suero de una esperanzadora mentira generaremos de forma espontánea un universo artificial dentro del cual podremos adoptar el papel de ángeles etéreos y sobrevolar sin peligro los pedregosos terrenos que simulan nuestra existencia, olvidando nuestras perennes y parásitas agonías.

Este espantajo, este caballero oscuro no duda en vendernos su causas de múltiples y variadas maneras, como por ejemplo ataviado como comerciante de artículos cuya arquitectura desconoce; sí, le apasiona mentir por interés , distraer a las audiencias con discursos terriblemente simples y precocinados. ¡Sólo un pobre y desorientado individuo podría conformarse con un régimen verbal sólo apto para indigentes intelectuales! Tampoco por supuesto desdeña trapichear con prostitutas o incluso diseñar líneas de polvo blanco sobre el tapete para luego inhalarlas cual efluvio reparador o poción inspiradora.

No pretenden este mocetón o esa maciza criada en pos de la fortuna defender un sistema de valores congruente, al contrario, el ídolo más bien desecha los principios o postulados que repriman sus ansias de despuntar, de presumir o de alardear. No concibe la humildad, la detesta, la combate como enconada antagonista, prefiere mostrar sus supuestos encantos al mundo con chulesco rigor, con altiva desvergüenza, con descaro soez. No entiende de grandes palabras, apenas las digiere, las desecha, ni siquiera se las plantea, apenas las pronuncia. En realidad, desconoce el vocabulario necesario para defender tales motivos que considera de poca monta.

Actúa como un niño revoltoso y travieso, representa a un "jugador" con pantaloncitos que hace novillos con tal de huir del conocimiento puro y duro (el que permite la transmutación de un niño en un adulto maduro y digno de confianza); a un vivaracho señor que se transforma ante las cámaras para mostrarse "tal como no es", a un bufón que cambia de atuendo para provocar la hilaridad, a un vendedor de objetos, a un traficante de trastos algunos tan inútiles como caros en su concepción. El héroe ambicioso es generoso consigo mismo y tirano con sus múltiples y amanerados seguidores: persigue su propio beneficio al tiempo que desentiende la fortuna de aquellos que lo elevan al status de pequeño dios; el héroe, calificado como noble, recurre con frecuencia a los placeres efímeros, aquellos que se evaporan cual perfume barato al día siguiente.

Prácticamente nunca, salvo accidente, le verán con un libro en la mano o promocionando el placer de la lectura más allá del ritual diario de hojear las revistas de turno. Apenas dispone de tiempo para sumergirse en textos de contenido intelectual, prefiere en grado sumo los que producen un efecto barbitúrico (anestésico o sedante). No, nuestras místicas gárgolas , nuestros hercúleos faunos jamás pierden su precioso tiempo con semejantes milongas. En consecuencia, no esperen respuestas versadas u originales a ninguno de los asuntos de acuciante y dura actualidad. En efecto ninguna gran idea deambulará por los aledaños de su cerebro: jamás hallaría lugar donde asentarse. Las tontas presunciones, las verdades improbadas ocupan todos sus estancias psíquicas.

El ídolo de masas es un rey soberbio e indiscutido que habita en el reino de los cielos donde sólo cuatro asociales criaturas, los pensadores de renombre, cuestionan su perenne liderazgo. Su magnificencia es incontestable, irrebatible, axiomática, no existe apenas oposición a tal ilustrativo principado. A tal memorable dictadura. Incluso, monarcas y altos dirigentes les rinden pleitesía.

Millones de abducidos seguidores, aún escasos de fortuna, le otorgan su atención y se rascan el bolsillo esperando con una fe inquebrantable recaudar a cambio un gramo de excelsitud o grandeza; sin embargo desconocen que el efecto global convergerá hacia las antípodas de lo supuesto: a nivel individual les recluirá en una celda, la del idólatra, y a nivel global, el vertido resultante de dicha fe cimentará poco a poco un gran espectro, o ética plañidera, que vagará a ciegas, arrastrando ruidosamente el grillete del condenado al ostracismo, sin rumbo, condenando a todo el orbe a una sangrante inestabilidad, dirigiendo a los individuos hacia una crisis existencial, recrudecida por un cada vez más desolador vacío espiritual. El fin es la total destrucción del individuo con ideas propias, y su total sumisión al Manipulador de Objetos, hijo pródigo de la embaucadora Diosa Economía.

Bañados en ciénagas, sumidos en tal engendro de sociedad, la insalubridad se vuelve costumbre, se traga porquería en forma de comida-basura de forma ansiosa y desproporcionada, se admira el arte-basura, se confinan las miradas hacia bellezas inferiores, las que más carne muestran y menos sesos atesoran. El espacio vital se vuelve un lugar inhóspito para la solidaridad y el sentido común, mientras estos trepas siguen medrando al tiempo que escalan montañas pobladas de cadáveres. Nos pisotean, nos pasan por encima y malheridos, llenos de marcas de herraduras seguimos profesándoles nuestro condescendencia en un amor no declarado por la servidumbre.

El héroe de hoy en día es un tipo tan acaudalado como harapiento en cuestiones de ética, huero de principios, lleno de ignorancia y vanidad, con una ambición ponzoñosa, un héroe ligado que mama de los sermones  capitalistas, henchido de oro y rodeado de bellas presencias que por supuesto se relamen en su astucia de venderse al mejor postor, son las llamadas gruppies o prostitutas de la gloria;
así orbitan ofuscando a todo andrajoso filósofo o mentecato, tan obnubilados siquiera para poder presentar una palabra opositora.

El héroe insaciable, no pretende nada más que divertirse cual despreocupado infante para acabar pidiendo su bolsa de ricas gominolas, que engullirá de manera apresurada sin tino alguno. No busca mejorarse más que a sí mismo, no como persona (¡válgame dios!) sino como
juglar, comediante o titiritero. La virtud es una alternativa inexistente en su baraja de cartas marcadas. Siempre participa en juegos donde no son necesarias facultades humanas elevadas a menos que la necesidad o el deseo de "quedar bien" o "lavar su imagen" lo arrastre a surcar esas nobles alternativas. Y, créanme cuando les digo que a estos héroes se les etiqueta "Grandes Personas", apelativo honorable pero actualmente devaluado hasta el infinito, y que, curiosamente, es puntualmente asignado precisamente por quienes desconocen el largo y tortuoso proceso de convertirse en "Persona".

La suerte del prójimo se la suda salvo como un entretenimiento pasajero; su fin es dominar el escenario de luces: actuar, contar mentiras, o representar la gloria de un juego que en el fondo no es nada más que lo que define esa palabra, un simple esparcimiento, un etéreo artificio, un simulacro que pretende recrear la eterna batalla entre el bien y el mal. Pero no se confundan queridos lectores, en realidad ni el bien ni el mal son figuras representativas en las funciones que ellos lideran, sí los subterfugios ataviados de colores, equipos, bandos y banderas. Toda esta gran mentira se filtra como un gran estallido colorista cuyo fin es divertir, embobar, confundir, amaestrar a las masas sedientas de glorias barriobajeras. Los integrantes de este poco saludable plato preparado que conforma el entramado social prefieren las grandes y bellas e inútiles mentiras antes que pequeñas y dolorosas aunque regeneradoras verdades. Así se cumple la profecía: el individuo nunca madura, pervive en un estado permanente de infantilidad, ausente de fuerza interior, le resulta inaccesible escalar montañas cuyas cumbres se pierden más allá del horizonte de su visión primeriza. El sistema lo asimila como otro reo presto para ser consumido como un antojo por los designios de un poder superior e invisible.

El ídolo capitalista, es en efecto y por defecto ese ser superior, el pastor, el guía indiscutible al que hay que rondar, del que hay que aprender. Por su parte, el reo o seguidor, hipnotizado ante su majestuosidad mediática le muestra una fidelidad incondicional; en caso de sentirse traicionado rebuscaría entre las callejuelas iluminadas por cientos de luces de neón a  otro guía igual de sincero y amistoso para que le vuelva a perpetrar la misma jugarreta: se enriquecerá a su costa y luego le dejará tirado, obviando su presencia o cambiando de camiseta. El reo o ídolo-adicto, disfruta siendo utilizado, manipulado y engañado si con ello recibe su palmadita en la espalda, su pequeño momento de intensidad.

La vida de nuestro entronizado caudillo transcurre golpeando objetos, memorizando guiones, y en general, repartiendo simples palabras. O hermosas, pero hueras de cohesión interna como aquellas que se pierden en el ambiente como rosas arrojadas al vacío.

No es nuestro símbolo de poder un psicólogo que dispense entereza mas bien simula una amañada máquina tragaperras: se traga todas las monedas cual monstruo de las galletas y, egoísta como ninguno, apenas si devuelve una miserable calderilla. Este tiránica estrella mediática  no adjudica poder,  no comparte riquezas, no se preocupan de quienes le adoran salvo unos minutos para firmar un papel emborronado y arrugado con una rúbrica ininteligible. Eso sí, siempre pide el diezmo, el tributo a su presencia, a los seguidores, a la empresa, al dios que le engendró. Porque el dinero es el fin, el medio y el principio de sus anhelos, y junto con la necesidad de diversión continua cimienta sus apetitos infantiles, triviales, insignificantes como toda la industria que lo concibe y lo amamanta con esmero.

Al final, el objetivo consta en erigirse como un nuevo mito de leyenda moderna, en ser el mejor en una historia en clave de ficción. Este tipo, desmenuzado por miles de focos, habita lozano en una diferente dimensión, desligado de la realidad circundante, y aun a pesar de que la sociedad se desfigurara en el exterior demacrada por meridianas crisis o erupciones violentas, él, bien apoltronado en una de las estancias de su luminosa torre de marfil  en modo alguno se sentiría ni mínimamente afectado, ni mucho menos intimidado o amenazado (nadie discute su preponderancia). Continuaría, obstinado, amaestrando  a sus mascotas-objeto, vomitando hazañas pueriles y negociando una nueva subida de salario, de  la que por supuesto se cree merecedor. Así muera el mundo de inanición, él seguirá reclamando toda la atención. Ese es el auténtico rostro del héroe moderno. Alhajas, manjares y joyas para mí, residuos y sobrantes para mis obedientes esbirros, así os muráis de hambre no dudéis que yo seguiré enriqueciéndome. Y la profecía se cumple: cada día, cada momento que pasa se ensancha la brecha de clases, entre el rico y el pobre, entre el ídolo y el acólito. Entre el carcelero y el reo.

Sí, ese es nuestro héroe por la ambición, un engendro perpetrado por un cúmulo de sabios mercaderes de la sinrazón, un vendedor de humo, un príncipe ataviado con el "traje del emperador", un tipo que, ante las multitudes, marcha  desnudo de valores pero cargado de anhelos fatuos, presumiendo de una vanidad de cientos de quilates cuyo brillo cegador encubre una personalidad raquítica y un corazón diminuto. Curiosamente, a pesar de su ridícula y desnuda apariencia, todo el orbe instruido del mismo y flatulento modo le persigue no para censurarle, no para destituirle de su cargo, si no para embelesarse con su presencia.  Aposentados como espectadores dentro de esta surrealista naturaleza, se observa al cuerdo idolatrar al loco, el excéntrico de turno impone modas y la masa acoge todas ellas sin revisar su procedencia, sin calibrar su intrínseco valor. Traga con todo sin apenas masticar. Luego sufre de padecimientos varios y por más que rumia o recapacita no alcanza a averiguar su causa real, los orígenes de su impotencia, de su tristeza, de su insignificancia.

Ese es nuestro ídolo, querido y amado por todos, un príncipe de juicio somnoliento que posa desnudo de valores, con más defectos que virtudes y al que nadie jamás se atreverá a denunciar, por miedo a al que dirán, por temor a mostrase ser diferente, por miedo a las represalias, por miedo a ser señalado por un Gran Dedo acusador, por miedo a echar abajo los pilares de un mercantilismo de ficción bajo los que se guarecen millones de timoratos individuos.

Denme un auténtico héroe ambicioso que defienda valores gigantescos y no me hablen de los ídolos de hoy en día. Su ambición es tan desmedida como ridícula en sus planteamientos.






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