El anti-ídolo. Ensayo y crítica sobre los ídolos contemporáneos.

Creado: 31/1/2012 | Modificado: 25/3/2014 1212 visitas | Ver todas Añadir comentario



 

Héroes por el valor implícito de sus acciones.

Existe dos clases de individuos que coexisten en la sombra que son los que deciden enfrentarse ya sea de manera directa (in situ) o  indirecta (teórica, con la lectura) a la pobreza, al patíbulo de la soledad, al abismo de la muerte, a las afiladas garras de la enfermedad, al dardo cíclico y mortífero de las conflictos armados, a la tortura de la discriminaciones, a la vergüenza que supone la contemplación de las injusticias, a machismo, etc. Los segundos se dedican a reflexionar sobre la filosofía de sus orígenes y causas, los primeros combaten estos desaguisados a pie de campo. Ambos modelos directa o indirectamente deben enfrentarse y embadurnarse con las tierras negras de que se componen “los males del mundo”. Por el contrario, la mayoría de héroes cotidianos no adquirirán tal consideración debido al valor consustancial de sus logros. Ni por defender grandes causas ni siquiera por demostrar un  interés epidérmico (superficial) de todas o algunas de ellas. No se van a ensuciar sus manitas.

No es necesario un largo y farragoso ejercicio de reflexión para llegar a la conclusión de que el valor implícito de un deporte es más que discutible. ¿Meter una pelota en un hoyo, batearla lo más lejos posible, lanzarla hacia un cesto suspendido, saltar un listón elevado, lanzar un objeto pesado o afilado a larga distancia, nadar o correr más rápido que nadie, machacar a golpes a un contrario hasta derribarlo en un ring? Podríamos extender la argumentación a otras artes y oficios.

Piénsenlo detenidamente. Hemos de entender, nos guste o no, que los deportes son meramente juegos, pasatiempos, de reglas más o menos simples y es evidente que aunque implican un esfuerzo notable y una disciplina más que loable, ¿hay algún ser humano en sus cabales que contemple las urbes derrumbarse y para ayudar a levantarlas se dedique a “tirar unas canastas”(1)? ¿No debería calificarse esta acción mas bien como un mecanismo de  evasión cobarde: “Yo me desentiendo de todo conflicto que no me ataña personalmente, paso de estrujarme la mollera, y me dedico a jugar un rato y a divertir al público asistente.”? Debo haber escuchado un millón de veces aquello de que el celebérrimo pelotero tal no era precisamente un “amante de los libros”. No me extraña. Ahora les formulo una pregunta que invita, como no podía ser de otro modo, a una larga reflexión, ¿consideran esa decisión, la de los juegos y similares, la opción más respetable (admirable, etc) en la vida de un individuo?  (2)

¿No creen que sería necesario elaborar una  escala de ídolos de más a menos admirable según el valor implícito de sus acciones y no sólo delegar su reconocimiento únicamente en la espectacularidad de sus peripecias sin tener en cuenta su compromiso con la sociedad más allá del influjo escrutador de las cámaras?


(1)
Pueden extender el ejemplo a muchos otras disciplinas. Por cierto, ver documentales del Canal Odisea, National Geographic o Discovery Channel sí lo considero como un pasatiempo más instructivo.

(2) En esta sociedad de locos al final los más inteligentes y admirados van a ser (¿lo son ya?) precisamente los que carecen de una excelente formación humana y se desentienden de preocuparse sobre asuntos que no contribuyan a alimentar su personalidad vanidosa y egocéntrica. Como decía alguna famosa de pro: “Yo no me he leído un libro en la vida, no tengo tiempo para eso”. Vamos bien. "Progresando" a pasos agigantados. Como decía aquel refrán, en una sociedad de locos, el cuerdo se alza como el más loco de todos. Y en una sociedad de ignorantes, el más ilustrado representa el anticristo. Pena (y miedo) me da transcribir estas pavorosas locuciones.

En cuanto a los vendedores de objetos podemos aplicar el mismo símil, ¿colapsar el planeta con decenas de millones de artilugios tecnológicos hasta qué punto debe entenderse como un asunto trascendente? Quizás lo sería si no fuera porque estamos arrasando los recursos del planeta y no sabemos cómo deshacernos de tanto residuo mecánico, de tanto desecho plasticoso. Por cierto, ¿todavía creen en la falacia de una mayor felicidad se correlaciona con un número elevado de objetos poseídos? En ese caso, sepan ciudadanos del primer mundo que ustedes en esta segunda década del siglo XXI deberían albergar una sentimiento de felicidad unas veinte veces superior a aquellos individuos pertenecientes a sociedades ubicadas unas décadas en el pasado. (3) Me temo que no ese el caso. En absoluto.

(3) Eso sin mencionar que la generación de nuevas y fútiles necesidades provoca en los países subdesarrollados que los individuos que apenas pueden satisfacer sus necesidades básicas se enzarcen en batallas sin sentido por obtener artilugios mecánicos como el mencionado; en barrios demacrados de la América marginal podemos horrorizarnos con sucesos de adolescentes de clase obrera robando e incluso asesinado a compañeros de colegio por el mero afán de disponer de unas  zapatillas de marca reconocida; niñas encuestadas en  Rusia prefieren convertirse en prostitutas antes que trabajar en oficios mucho peor pagados (ej: profesores) con el fin de poder adquirir "cosas bonitas". La retahíla de ejemplos no tendría fin. Ese traicionero deseo de imitarnos a nosotros los occidentales conoce múltiples y monstruosos efectos secundarios que asolan los países en vías de desarrollo (o tercermundistas) acogidos a la industria de libre mercado. Si no hay posibilidad de conseguir mercancías de marca de forma honrada, delinquir es el método alternativo más utilizado. Quizás llegue un día en que estemos tan infestados de trastos que el único individuo realmente feliz sea aquel potentado que pueda comprarlos todos (esclavos sexuales incluidas). Así sea un criminal o genocida. La globalización exporta tanta luz como miserias a todo país encajado como barrio de la "Aldea Global"

Si quieren y sociedades libres de conflictos graves, si anhelan individuos íntegros, inteligentes, honestos y con agallas, expongan a los aspirantes durante años a la contemplación de los grandes problemas que nos asolan. Préstenles (por favor) recursos y atiéndanles con los mejores guías para que la tarea de resolución de conflictos llegue a consumarse. No esperen su llegada, sin embargo, a partir de enaltecer de manera gigantesca una  didáctica basada en recreaciones artificiales (juegos) o transacciones comerciales(4). Sólo se generarán de manera accidental, como excepción. Debemos complementar la primacía ética con los avances tecnológicos, de otro modo, todo progreso acarreará residuos tóxicos tan nocivos como sorprendentes serán las innovaciones. La tecnología nos aportará tantas comodidades como nos tentará con miles de superfluos apetitos, viviremos persiguiendo anhelos fatuos, estresados y henchidos de ansiedad, rebuscando momentos de gozo excavando en la montaña de trastos, comparando nuestras posesiones con las del vecino más cercano,  para al final, acabar olvidando la materia de la que estamos hechos.

(4) La única ética que conocen algunos de nuestros más queridos traficantes de objetos es la de los beneficios.
 
Si hablamos de cantantes, artistas, etc, esta aseveración es probablemente más discutible pero dada la tendencia actual complaciente con las frívolas concepciones (música bum-bum o comercial, arte-basura, películas light o sumamente violentas, otras sin apenas argumento, etc), no faltaríamos a la verdad si los incluimos en el mismo cesto. Ni la música, ni el séptimo arte, incluso un buen porcentaje de la literatura contemporánea (también centrada en un interés puramente crematístico) se libran de la quema.

Desde luego que toda celebridad ha pasado por un ejercicio de superación y esfuerzo sobresaliente, pero si ponemos estas actividades en el contexto adecuado y realizamos la comparación con otros individuos que lidian con grandes conceptos e ideas o que defienden los valores humanos más fundamentales, entonces podemos concluir que la mayoría de ellos suspendería esta asignatura y debería repetir curso (¿indefinidamente?). Algunos con suerte sacarían un aprobado "pelao".

Resumiendo, un gran porcentaje de líderes de nuestro tiempo no lo son en absoluto por el valor implícito de sus acciones y como hemos visto, muchos de estos angelitos, timoratos y cobardes como ellos solos,  prefieren evadirse para evitar responsabilizarse de alguna idea de consideración, más bien prefieren acogerse y solazarse con  pasatiempos de carácter infantil. Es normal, son como niños que se pasan el día jugando, retozando o actuando, no les interesa implicarse en resolver aburridos deberes o tareas que impidan profundas deliberaciones y un gasto de energía interior significativa. No es cosa suya, prefieren desembarazarse de semejantes farragosas obligaciones. Y es quizás por ello que son ampliamente recompensados y aclamados. ¿Será debido quizás a que todo el mundo odia cumplir con sus responsabilidades como ciudadanos-modelo y por ello se les admira?




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