El anti-ídolo. Ensayo y crítica sobre los ídolos contemporáneos.

Creado: 31/1/2012 | Modificado: 17/3/2014 1274 visitas | Ver todas Añadir comentario



 

Son nuestros ídolos. Nos proporcionan satisfacción.

Nuestros ídolos son los espejos en los que nos reflejamos, representan una especie de cordón umbilical que nos une a la placenta de una gran causa, pero también como una droga que una vez inyectada en nuestro organismo nos incita a buscar una nueva dosis. Bien es verdad, que algunos seguidores para saciarse necesitan múltiples tomas, pero ni aún así se sienten satisfechos, necesitan más y más y más. Extrañamente, ese deseoso ansioso y pernicioso parece no detenerse nunca.

No podemos parar de hablar de fútbol, o de “fúrbol” como le gusta llamarlo a nuestro incombustible presidente de la Federación (es comprensible, es aquella una palabra ciertamente difícil de pronunciar, se necesitan años de exigente y repetitiva dicción). Comentamos con fiereza la jugada del penalty o de la mezquindad del árbitro que nos robó el partido “¡Pero es que no lo has visto mamarracho! ¡Penalty como una catedral! ¡Serás burro (1)!”. No, no es burro, es que el cuñado de un primo segundo suyo es seguidor acérrimo del equipo contrario y por eso seguro que ha aceptado un soborno para inventarse un penalty. Sí, suena muy rebuscado pero, lo crean o no, he escuchado teorías de la conspiración mucho más elaboradas.

(1) Utilizo insultos “light”, bajos en calorías, para no molestar a los lectores. Los reales podrían producir daños intestinales e incluso cerebrales permanentes.

En mente de todos se encuentran los goles anulados en el mundial de Japón-Corea contra uno de los equipos anfitriones por un árbitro de infausto recuerdo, el penalty fallado en la tanda final por Joaquín en ese mismo partido o el del pequeño Eloy en México-86 en el apoteósico mundial de Emilio Butragueño; la agresión a Luis Enrique por parte del jugador italiano (cuyo nombre no quiero acordarme pero va a ser que sí me acuerdo: se llamaba Tassoti) o el gol de Baggio a Zubizarreta que consumó una nueva debacle de la selección en los mundiales; en cuanto al basket, recuerdos recientes son la canasta de Teodosic de 8 metros en el último mundial que nos dejó helados y patidifusos o el error en el tiro de este catalán tan alto y espigado, Pau Gasol, que nos privó de un europeo que nunca antes habíamos ganado, aunque 4 años después nos desquitamos.

El anverso de la historia nos ofrece una larga lista momentos de gloria: nos hinchamos de orgullo con las victorias de tenistas de corazón inmenso como Nadal o Arantxa, con las medallas de Fermín Cacho o Marta Domínguez (hace poco en tela de juicio), el gol, que marcará una época, del señorito Iniesta que nos coronó como campeones mundiales (no está mal después de casi 80 años de fracasos, ¡hurra!); la cabeza fría (y el cuello gordo) de Fernando Alonso, las derrapadas imposibles de Aspar, Crivillé, Jorge Lorenzo, Dani Pedrosa o más recientemente Marc Márquez, las maravillosas piernas, digo exhibiciones, de nuestras chicas de natación sincronizada, la paliza a Croacia en el campeonato del mundo de balonmano en Túnez-2005 o mejor aún, la humillante derrota que le infligimos a Dinamarca en el mundial del 2013 celebrado en España o los reiterados triunfos en fútbol sala, trial o hockey patines, las galopadas de nuestros atletas, las gestas de Perico Delgado, Miguelón Induráin(2), etc.

(2) Sobre el cual, el ilustre periodista José María García aun seguirá haciendo conjeturas acerca de por qué demonios el ilustre navarro no contestó de forma categórica que nunca tomó estimulantes cuando buenamente se le preguntó acerca del tema. Curiosamente, el navarro instó a su interlocutor a pasar a otra pregunta ante la perplejidad (imagino) de todos los radioyentes, el menda incluido. Todavía recuerdo aquella noche.

En casos patológicos nos convertimos en aficionado-dependientes. Influidos por ese estado de conciencia (o no-conciencia), todo lo sano que se deriva de la práctica deportiva deja de tener peso específico, sólo queremos que nuestro equipo barra al adversario, aunque sea de la más ruin de las maneras. Así nos expulsen a medio equipo o sea “de penalty injusto(3) o en el último minuto”. ¡O imitando a Holanda en la final del mundial! ¡Argh qué dolor! ¡Qué tiempos aquellos de la naranja mecánica de Cruyff, Neeskens y su futbol preciosista!

(3)
Con el título de “penalty injusto” se podrían escribir cientos de tratados de psicología profunda.
 
Profundizando más, en algunos casos ya no es suficiente el júbilo de una mera victoria, si no que necesitamos que el rival sucumba y sea machacado e humillado. Si alguno de los que me lee pertenece al club de los merengones, culés, pericos, atléticos, sevillistas o béticos, seguro que entiende por dónde van los tiros.

Podemos seguir descendiendo de nivel hasta las cavernas de la moralidad, adentrarnos en sus sucias letrinas para toparnos con grupos de ultras armados hasta los dientes, ávidos y preparados para defender sus colores hasta la muerte. Creo que no va a ser necesario. No necesito manchas de sangre que salpiquen estas páginas, que a la señora de la limpieza no le entra en el sueldo esta desagradable tarea.

Así, discutimos con el equipo vecino o nos colamos en foros virtuales para desembuchar nuestras diarias insatisfacciones.

La contradicción pues se palpa. ¿Sólo nos produce alegrías y satisfacción? ¿Seguro? Revisemos los siguientes párrafos:

La selección española nos ha ofrecido grandes momentos de gozo a “todos” sus seguidores al conseguir un triplete inimaginable en otra época: 2 Eurocopas y el Mundial. Además, de manera consecutiva, lo cual constituye una gesta digna de un almanaque de historia deportiva. Yo por si lo dudan, también me incluyo, soy aficionado a este y a muchos otros deportes, que también merecen un lugar de privilegio en mi memoria.

Pero, ¿y cuando contamos sus participaciones por fracasos?, ¿no se vuelve esta declaración contra sí misma? Quizás deberíamos decir en este caso particular: “Deporte que nos produce tantas alegrías como insatisfacciones”. Tan correcta como su inversa, es decir como afirmar que las prácticas deportivas protagonizadas por nosotros o por nuestros héroes son un sumidero de tristeza, rabia, impotencia, enojo, envidia, agresividad, angustia, desánimo, amargura, sufrimiento, frustración, congoja, deseos de venganza, animadversión y mejor no sigo. Seguro que su cuerpo y su espíritu ha albergado más de una vez algunos (o muchos) de estos sentimientos dañosos.

Muchos tratan de ahuyentar estas desagradables emociones adhiriéndose al equipo más poderoso, ej: Real Madrid o Barcelona, más ahora el segundo que el primero, sin embargo esta decisión lejos de solucionar el problema, lo empeora. Las alegrías son tan frecuentes como las decepciones gigantescas. Traten de no acercarse mucho a un fanático después de la derrota de su equipo en un partido importante. Muerde.

A lo que voy y trato de hacerles entender desde mi perfil de gran aficionado a los deportes es, ¿realmente el seguimiento continuo de las proezas de estos simulacros de superhombres fortalece nuestro carácter? ¿Nos ayudan a reconvertir nuestras múltiples debilidades en aptitudes destacables?, ¿nos proporcionan mayor empuje para abordar con solvencia nuestras tareas cotidianas? Es decir, después de asistir a cada partido, de visualizar cada actuación, ¿nos volvemos un poco más inteligentes, más valientes para enfrentarnos a la vida, más aptos para las relaciones sociales, más ricos quizás, más fuertes, más listos, más, más...alguna cualidad  digna de mención y más importante que no se difumine rápidamente en el tiempo? ¿Nos ayudan en realidad a incrementar nuestra autoestima? ¿Permiten una mejora vital a nivel individual? ¿colectivo quizás?, ¿permiten un progreso socieoconómico destacable a largo o a medio plazo? ¿No será que sólo nos proporcionan una alegría pasajera, efímera cual sabor de chicle Cheiw de fresa ácida? ¿No será que lo que sí hacen es ayudarnos a desligarnos brevemente de nuestra tímida y volátil idiosincrasia, a elevarnos sobre el tedio, la rutina y el vacío que conforman nuestras vidas? ¿Y es esa actitud acaso una solución a nuestro mediocre status? ¿Por cuánto tiempo? ¿1 hora, 1 día?

Hablamos de ídolos deportivos, pero también podemos aplicar semejantes argumentos a otros ídolos del espectáculo.

Si la compañía y seguimiento periódico de todos estos ídolos procurara un aumento de la personalidad en forma de pequeñas dosis a sus allegados el resultado obvio es que... todos serían poco menos que supermanes. Me temo, desafortunadamente, que no es el caso. Apuesto más bien por el efecto contrario: los ídolos cada vez más grandes y ellos cada vez más insignificantes.

Veamos en la siguiente sección si los triunfos de la selección Española de fútbol produjeron cambios destacables en la sociedad y en la personalidad de sus prosélitos.






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