El anti-ídolo. Ensayo y crítica sobre los ídolos contemporáneos.

Creado: 31/1/2012 | Modificado: 17/3/2014 1543 visitas | Ver todas Añadir comentario



 

Ídolos. Credibilidad y anuncios.

Por cierto, les voy a comentar un asunto de altísimo secreto. Después de una ardua e intensa investigación tipo CSI, infiltrado y caracterizado cual sagaz agente encubierto he podido averiguar sin temor al equívoco que:

-Algunos de los asalariados de la gloria que protagonizan los anuncios audiovisuales resulta que promocionan artículos que luego no usan o sólo lo hacen esporádicamente. ¡Vamos que igual ni les gusta lo que publicitan! ¡Sí!
Golpe a los riñones

-Estos señores y señoritas no dudan en comentar con su convincente sonrisa y esa aureola tántrica de sinceridad personificada todas las virtudes del trasto o producto en cuestión y luego resulta ¡que no lo usan o no lo han usado nunca! ¡Igual no saben ni cómo funciona! ¡Ni necesitan saberlo!
Directo al hígado

-
También he averiguado que todas esas virtudes se las “soplan” antes del anuncio pues parece que ni conocen a priori las características del artículo o cacharro en cuestión. Es decir que deben retenerlas en la memoria para luego recitarlas de forma convincente. Se han dado casos en que al candidato elegido ¡ni le sonaba la marca hasta el día de la presentación! ¡y que da lo mismo, no por ello dejan de ser candidatos a promocionarla!
Directo a la sien

Según mis fidedignas fuentes, aunque este punto no atañe a todos estos aprendices de monologuistas, que los protagonistas de los anuncios publicitarios tampoco hacen muchas indagaciones sobre la veracidad de las palabras que deben pronunciar ante las cámaras, por mucho que la repercusión de su fraseología sea inmensa. Vamos, que sus criterios exigibilidad son bastante bajos.
Gancho al mentón

Además, otro dato esclarecedor: que suelen aliarse con personas desconocidas para este tipo de eventos. O sea, no saben ni con quién tratan. Sólo tienen vagas referencias.
Patada en los cataplines.

Es más, y esto podría causar una gran conmoción a mis (¿cuatro?) lectores. Parece ser según tengo entendido que se les paga una importante suma de dinero para que protagonicen este tipo representaciones que luego llegarán a los hogares de millones de individuos.
KO técnico

No sé si la gente debería enterarse de esta aterradora y espeluznante revelación. Tengo mis dudas de si este comunicado secreto debería se difundido por el orbe. Buff, si se supiera a buen seguro que rodarían cabezas, y es lógico, ¿por qué hasta los más grandes ídolos o aristócratas de lo efímero no tienen ningún reparo en contarnos mentiras o medias verdades por motivos estrictamente económicos? ¿Por qué se comportan como autómatas, memorizando y repitiendo frases que ni si quiera sienten sólo porque se las mandan otros, a quienes por cierto apenas conocen? ¿Es que todo es cuestión de dinero? ¿Y qué hay de su credibilidad y sus principios? Repito: ¿es que todo en la vida es cuestión de obtener más y más beneficios?

Pepito Pelotero, famoso en el mundo entero, en un discurso pronunciado tras ser inoculado con el suero de la verdad. Y donde, por cierto, se le ve el plumero

Hola, me llamo Pepito Pelotero, un tipo famoso en el mundo entero más incluso que la sidra "El Gaitero". Me presento aquí delante de estas cámaras porque estos amables señores (que están atrás escondidos y que no vas a ver porque no viene al caso) son tan simpáticos que me han contratado, previo pago de una pasta gansa, con el fin de que actúe (o sea mienta) para convencerte de que este trasto que estoy promocionando, del cual por cierto desconozco la mayoría de sus propiedades y apenas he probado, es la caña de España y del mundo mundial.

Si adolece de defectos destacables o alguno de la competencia es más barato y más completo o fiable, eso no te los voy a contar ni de coña, faltaría más que fuera razonable contigo, ¿por quién me has tomado? ¿Somos amigos nosotros acaso? ¿No querrás que te anime a compararlo con las marcas rivales para que tú mismo te hagas una idea de su auténtico valor? ¡Ni pensarlo! ¿Y si resulta un bodrio de producto? ¿Y si resulta poco aconsejable su adquisición? ¡Me matan si desvelo un solo defecto! Deja, deja.

Por cierto, que sepas que pienso sonreír todo lo que pueda, por mucho que hoy me sienta estreñido, ya que me han asegurado que la sonrisa genera un lazo de complicidad con el televidente o algo por el estilo. Yo de palabras técnicas no sé na, pero dado el caso aprovecharé para lucir mis inmaculados y relucientes dientes de piano pues se me antoja necesario convencerte de que este trasto es de categoría superior, vamos, la crême de la crême. ¿Que cómo lo puedo asegurar? Bueno, no lo sé la verdad, ni me importa, es lo que me han dicho que aprenda de memoria y recite ante las cámaras. Pero bueno, en el fondo ¡qué más da! ¡lo realmente importante es que soy yo quien lo anuncio! Sí, yo, que como ya sabes, soy un supercampeón, y los supercampeones somos todos muy buenos, simpáticos, sinceros y convincentes, y si afirmamos con rotundidad que 2 y 2 son cinco tú, como buen seguidor deberás creernos a pies juntillas, antes incluso que a tu profesor de matemáticas. ¿A quién vas a creer a mí que soy rico, famoso, tengo músculos de gimnasio, mi novia es un bombón o al pringao ese, que es más aburrido que una ostra leyendo versículos de la Biblia en latín?

Venga hombre, confía en mis consejos y adquiere el cacharro este se llame como se llame (no me sale ahora pronunciarlo joer). Así, cuantas más ventas se produzcan más veces me volverán a llamar para promocionarlo. Y si no se vende, oye qué demonios, que se apañen los fabricantes, que yo me desentiendo y promociono otras marcas. Total, a mí me da igual promocionar champús anticaspa, que detergentes, coches o motos, maquinas de afeitar, helados o relojes lo-que-importa-es-lo-que-soy. Mientras me paguen mucho yo encantado de la vida. Puede que después de usar el tal anticaspa me pique la cabeza que no veas, que no deteste llevar el puñetero reloj de los cojones, que no sepa ni meter el detergente en la dichosa lavadora, que en la intimidad prefiera la maquinilla eléctrica antes que las hojas de afeitar, que me producen flato la mayoría de helados o que ese automóvil que alegremente promociono no formaría parte (¡ni de coña!) de mi harén de coches lujosos. ¡Pero, esto es información confidencia! ¡A quién demonios le interesa!

Lo que jamás haría es promocionar la lectura de un libro, eso es para tíos aburridos, o sea distintos a todos nosotros: la élite compuesta de tipos perfectos. Los tipos perfectos no necesitamos leer libros ni pensar demasiado. Yo para llegar aquí no he necesitado leerme ningún panfleto de más de dos páginas, es más tengo multitud de colegas que cuando se han desprendido de tal aburrida tarea se han sentido liberados y han progresado en su especialidad mucho más deprisa. Ah, y por supuesto no han recibido ni una sola crítica o señal de desaprobación, ¿¡quién iba a tener cojones de cuestionarles!? ¿¡tú, que eres un pringao!?¿un pringao va a criticar a un ídolo como yo? ¡Por favor!

Por si eso no fuera suficiente, puedo afirmar con rotundidad que un libro no pega nada con mi imagen de galán seductor y además, la lectura me produce un profundo dolor de cabeza que no se me va ni con 4 aspirinas. Prefiero pasar el tiempo jugando a los videojuegos o en su defecto a las cartas (siempre que sea un juego facilito que no me haga pensar mucho). Luego, por supuesto demostraré esa incomparable actitud de ganador que me caracteriza clamando en privado o ante grandes audiencias: "¡No me gusta perder ni a las chapas!". Y la gente me ovacionará y caerá rendida a mis pies. Y ligaré, claro, un millón de veces más que tú.

Bueno, esto, como te venía diciendo, compra este producto te hará sentir mejor, adquirirás más personalidad, autoestima (jaja, que me descojono), ejem... perdón, bueno sigo con lo que venía diciendo... y además se te acercarán montones de tías macizas (o tíos) con seguridad (y no para que les pagues una Fanta). También yo saldré beneficiado, ya que aumentaré mis riquezas (más todavía, ¡sí!), lo cual me permitirá ejem no adquirir este trasto precisamente porque es demasiado cutre para mis cada vez más altas y sibaritas pretensiones. ¿Te imaginas a un macho alfa como yo conduciendo un anodino Kia cuando puedo permitirme saborear la potencia y el lujo de un Aston Martin? ¿Un corriente y moliente Renault si puedo pilotar un lujoso Ferrari o un despampanante Lamborghini? ¿Me ves acaso con cara de “Ssangyong”? ¿Presumiendo de reloj Casio si me sobra la pasta para coleccionar otros de alto standing como los Rolex? ¡Pues claro que no! ¡Demonios! Yo se lo endoso a la gente pobre, crédula y con falta de personalidad como tú. Después cobro y me voy a mi casa. Así que no me preguntes si lo pienso usar porque te responderé algo así como que no sé, igual sí o igual no, según me dé o según las cláusulas que firme. Si me obligan a usarlo diariamente igual paso y rechazo el contrato. ¡Que les den!

Hala, me voy, pero tú recuerda, cómpralo y que nadie te persuada de lo contrario, ¡no lo permitas!, porque tú sabes muy bien (mírame fijamente a los ojos) que si lo adquieres podrás parecerte a mí. Y eso es al final lo que debe importarte: que seas un poco menos tú y un poco más yo, que soy portador del cetro del triunfo, valedor del éxito y más guapo que un boniato y me follo a todas las tías macizas, tontas o no, que me encuentro. Bueno a todas no, que son un regimiento y no doy abasto. Y menos tú claro, que eres menos famoso que un campeón regional de petanca. Y no, no creo que seas tonto, por mucho que te creas que soy capaz de meter una canasta desde un edificio alejado 100 metros, jugar a tenis encima del ala de un avión o pienses que beber el refresco tal o comer una hamburguesa produce un aumento de la autoestima o la felicidad. 

No, no creo que seas tonto, pero si lo creyera tampoco revelaría esa información a nadie. De lo que sí estoy convencido es de que los medios de comunicación así como sus adláteres, los campeones de diversas disciplinas, te haremos creer lo que nos dé la gana. Si no fuera así, ¿cómo coño me iban a pagar a mí un pastizal por anunciar cachivaches que igual no sé ni para qué sirven? ¿Acaso crees que mis patrocinadores me contratan por su bendito altruismo y pillan al primer gilipollas que pasa por su lado para regalarle su dinero? ¿No será acaso porque saben a ciencia cierta que voy a convencer e influir en miles y miles de personas, lo cual, dentro de la ciencia publicitaría (o de la persuasión) tiene un alto precio? ¡Ay piltrafilla, que te lo tengo que explicar todo!


Por mucho que su intención no sea mala, es más que evidente que estos “ídolos a sueldo” suelen lanzarnos información interesada cuando les conviene. La madre que los parió.

Un verdadero ídolo, de los de verdad nunca nos "vendería la moto" (o el coche o cualquier otra cosa) y menos todavía recurriendo a un pregón artificial, manipulado y precocinado. En esta sociedad los engaños y las medias verdades son moneda de uso corriente. Y quien mejor utiliza esos recursos resulta galardonado por su "inestimable aportación" a la sociedad.  Cuando miro al horizonte a veces me pregunto, ¿en quiénes puede confiar un tipo como yo? Y sinceramente, me cuesta hallar una respuesta satisfactoria más allá de amistades y el ámbito familiar. Respuesta alternativa: prefiero confiar en mí mismo antes que en todos estos pseudodivinidades de tres al cuarto.

Un ídolo materialista es como aquella casa prefabricada de gran fachada que te quieren vender a precio de oro. Cuando pones pie en ella (si te dejan), te das cuenta de que todo el presupuesto se ha invertido en fachada. El resto, o sea todo su interior, se encuentra en ruinas. Algunas como excepción, es verdad, presentan cuatro muebles de Ikea. Sin montar.

Y así se construye la imagen de este mundo: fachada fastuosa, interior precario. ¿Qué pensaría usted de una mansión (léase mundo) de esas características?
Que es un timo. Una auténtica tomadura de pelo.

La pregunta que me hago a veces (y me conmociona) es... ¿no conocemos límites a la hora de agasajar a un ídolo de estos? ¿tan sumamente aburrida es nuestra vida? ¿hasta dónde seremos capaces de llegar? ¿cuál es la frontera entre la condescendencia y la coherencia? ¿cuánta riqueza les permitiremos atesorar?

Hubo un día en que lloré por la derrota de un partido de mi equipo. Tenía, creo, 9 años.  Hoy en día sigo profesando mi afición por el deporte y los deportistas, pero ya jamás les daré a las victorias y derrotas de estos ídolos más valor que el que tienen y merecen: residual y pasajero.
Soy libre...
Puedo elegir el banco que me exprima; la cadena de televisión que me embrutezca; la petrolera que me esquilme; la comida que me envenene; la red de telefonía que me time; el informador que me desinforme y la opción política que me desilusione. Insisto: soy libre.
Forges.

Faltaba añadir, "y el ídolo, el político o la institución que me engañe".

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Dame un gran ídolo de la sociedad del espectáculo y yo te devolveré una mentira de igual o mayor magnitud.
Dénme un gran ídolo de la sociedad del espectáculo y yo les devolveré una carcajada de una magnitud tal que la intensidad de su estruendo se harán eco los cinco continentes, los cinco océanos, la luna y algún planeta cercano.  
Cuando dije que la estupidez humana era infinita... me quedé corto. Me siento anonadado. La capacidad del ser humano para hacer idioteces se ha multiplicado en un factor exponencial. Siento verdadero asombro... Y, por cierto, ¡sigo sin entender la mecánica cuántica!
Einstein renacido en el siglo XXI






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