El anti-ídolo. Ensayo y crítica sobre los ídolos contemporáneos.

Creado: 31/1/2012 | Modificado: 5/2/2013 1518 visitas | Ver todas Añadir comentario



 

Falta de objetividad. Deportes de masas.

Análisis caso Mourinho.


Para ilustrar un poco más el tema, tomemos el caso particular de Jose Mourinho de nacionalidad portuguesa, entrenador del Real Madrid. Es este un caso digno de estudio (y no por por positivo), ya que hablamos de uno de los entrenadores más laureados del concierto internacional. Este personaje tan gris, taciturno como malhumorado, experto en el ejercicio de la crítica subjetiva y desconocedor del término humildad y compañerismo cuando le conviene (ha tenido encontronazos con múltiples entrenadores de la primera división e incluso con miembros de su propio club (1)), un presunto gurú al que le encanta aludir a los elementos externos para justificar sus derrotas, capaz de protagonizar ruedas de prensa incendiarias para calentar los partidos, despotricar contra cualquier elemento disidente con tal de obtener una ventaja pírrica, revelar una extraordinaria memoria histórica útil para desestabilizar al equipo contrario sea pequeño o grande, destrozar verbalmente al árbitro debido a una simple acción rigurosa en su contra, esperándolo si es necesario en los garajes del estadio para insultarlo o incluso censurar a la UEFA por partidista, es decir por presuntamente tener incidencia en un el resultado de un partido, o lo que es mismo beneficiar a otro que no sea él. Este grandioso “coach” ha llegado incluso a mostrar a las cámaras durante una rueda de prensa una lista de errores cometidos por el trencilla de turno en un partido en un acto tan ridículo propio mas bien de un equipo de regional no del club proclamado como el más exitoso del siglo XX. Un club que, por cierto, invierte cientos de millones de euros en una de las plantillas más completas del universo futbolístico. Un club que siempre mostró la cara amable de la deportividad y “fair play”, que no se metía en “fregados” o polémicas salvo en casos flagrantes de injusticia decide contratar a un tipo con una verborrea más propia de “tombolero” de barrio marginal. Por si esto no fuera suficiente, las declaraciones del portugués atentan contra el señorío y la deportividad del propio club, otrora en vigor, hoy en entredicho. De hecho, incluso en círculos privados se le ha escuchado censurar de manera ostensible la organización y grandeza del club que le paga.

(1)Valdano fue destituido de su cargo en mayo de 2011 debido fundamentalmente a sus opiniones divergentes con Mourinho. Valdano, veterano directivo de la casa y ex – madridista, entre otras cosas difería diametralmente del discurso ofensivo y duro del entrenador a cargo de la plantilla.

Sin embargo, ¿Qué ha ocurrido cuando un árbitro ha decidido equivocadamente a favor de sus intereses? ¿Ha interpuesto alguna denuncia o ha pedido que se repita el partido? Pueden imaginarse la respuesta. Mutis por el foro. Ni una palabra. Desvío de atención. ¿Ignorancia, desvergüenza, cobardía? Llámenlo como quieran. Cuando se le perjudica debe enterarse todo el universo futbolístico. Todos deben saber qué el no se equivoca jamás. Cuando gana, gana él, cuando pierde, pierden todos los demás. Siempre existe un culpable que le quite el peso de revelarse como mínimamente responsable de sus debacles. El árbitro, la mala suerte, la Uefa, la gula del norte, el yeti, siempre dispone en su repertorio una excusa minuciosamente preparada.

Desde la salida de Del Bosque y la llegada de Guardiola en el bando contrario, las aguas en el club merengue se han vuelto turbias. De la exitosa época del ahora seleccionador nacional, un ejemplo excelente de caballerosidad y nobleza, un tipo que probablemente no tenga ni un solo censor, hemos pasado al universo opuesto, al reinado (que en realidad no es tal) del Rey Llorón (podría ficharle Walt Disney). Un señor que ha conseguido hipnotizar con su talante desafiante a millones de seguidores y convencerles que es el único profeta portador de la verdad absoluta. Jamás admite su culpabilidad en la derrota. Recientemente, en un ataque repentino de desesperación después de la derrota contra el Barça en Champions League “me da un poco de asco esto del mundo del fútbol”. Estas palabras salen de la boca de un señor al que se le paga una burrada de millones de euros. Mientras, el presidente (“un ser superior”) que confió en su fichaje le permite organizar estos desaguisados que dañan la imagen del club sin ni siquiera amonestarlo. Es como el papa, tiene bula.

¿Cómo se puede consentir todos estos actos más propios de un pandillero de barrio? Es simple, porque Mourinho les ofrece a los aficionados “merengues” una mínima posibilidad de cambiar las pautas y derrocar al auténtico dominador del panorama futbolístico en la actualidad: su rival acérrimo. Y ante eso, cualquier estrategia es aceptable, válida y plausible. Cualquiera. Si ello implica reconvertirte en la antítesis de lo que siempre has defendido, y mancillar tu imagen de marca, bienvenida sea la táctica. Es preferible mudarse de vestimenta que aceptar la derrota con deportividad. A la larga, la deportividad que no otorgue títulos se vuelve malsana.

Por si fuera poco, últimamente circulaba un rumor que pregonaba sin fundamentos que los jugadores del Barsa se dopaban. Por supuesto no presentaron pruebas. Daño gratuito e injustificado. ¿Dónde está ahora el tipo este que soltó esta “bomba informativa”? ¿Destapando otro “Watergate” en las Bahamas? La cuestión es dañar al equipo ganador del modo que sea, cualquier método se considera válido, cualquier excusa por peregrina que suene adquiere justificación, cualquier idea es bienvenida para reducir la ventaja del adversario. Ante esto la imagen de pícaros recogepelotas perdiendo tiempo para devolver el balón al equipo rival y arañar unos segundos al reloj o los aficionados lanzando balones al campo para detener el partido cuando van ganando, o jugadores exagerando faltas queda en una cómica anécdota. Si todo esta barriobajera parafernalia no fuera suficiente, al portugués, modelo de entrenador para muchos, hace poco no se le ocurrió mejor idea que experimentar con su dedo índice incrustándoselo en el ojo de un compañero de profesión. Había caído derrotado otra competición. No tengo palabras para calificar a este "señor" salvo quizás como el típico ídolo que encaja perfectamente en una época tormentosa para la moral y el buen gusto. Por cierto, parece palparse un clima de expectación ante la próxima ocurrencia de este sujeto, después de querer sacarle un ojo a un  compañero de profesión y seguir burlándose de jugadores contrarios, ¿cuál será la última jugarreta que nos tiene preparada? La prensa la aguarda con expectación para darle la audiencia debida.

Todas este cúmulo de argumentos no son óbice, por cierto, para que se les considere como el mejor entrenador de fútbol en la actualidad y elogiado hasta la saciedad como un “enorme ganador”, un tipo de " gran ambición". Sus adeptos más allá de una admiración saludable, acuñan términos religiosos más cercanos al fanatismo sectario y así le retratan como un “salvador” o “profeta” (¿de las causas perdidas?), como se pudo atestiguar en algunos titulares periodísticos de su entorno. Y aunque en sus círculos reducidos se comporte como el más afectuoso y maravilloso de los seres humanos, la imagen proyectada mundialmente es la que se toma en cuenta, porque es la que la gente va observar como un modelo de referencia: ”El ejemplo del triunfo”. Ahora, ¿se imaginen que todos sus colegas actuaran de la misma forma despreciativa y arrogante, que airearan de manera altiva sus presuntas perogrulladas ante los periodistas? Que equipos grandes y equipos salieran en ruedas de prensa clamando contra el árbitro y recordando los últimos errores en su contra o repitiendo ese actitud beligerante y amenazadora “¿Por qué? ¿por qué? ¿por qué nos pitan en contra? ¿por qué?” o haciendo gestos ostensibles como de haber sido robado y luego aludiendo a todos los estamentos habidos y por haber. ¿Se imaginan además periódicos de gran tirada riéndole las gracias?

Si todos actuaran con tal frescura y descaro, el fútbol se convertiría en poco tiempo en un polvorín, presto y listo para la ignición, además de generar un estrés en los aficionados seguidores, y también en el tejido emocional de la sociedad que (desafortunadamente) se toma el fútbol como un asunto de primer orden. Las consecuencias no se harían esperar, crecerían las actitudes beligerantes y soeces en sus seguidores, y también por extensión sus oponentes, provocando un aumento de de la rivalidad entre clubes. Incluso he contemplado imágenes de niños en las noticias repitiendo las mismas idioteces que sus mascotas futboleras, hablaban de robos, de escándalos como quien habla de los glaciares o la fotosíntesis. Calamitoso. Monstruoso.

Es indudable que este entrenador posee grandes cualidades para organizar un equipo competitivo, también se debe incluir en la lista de “ejemplos perfectos” en los cuales “sólo importa la victoria” y nada… todo lo demás. Si hay que poner a la federación en pie de guerra. No problem.

¿Cuál es el papel del periodismo en todo este embrollo? De sumisión. La razón radica en que Mourinho es un generador nato de polémicas y la polémica, el altercado, el morbo, la chulería, la reyerta verbal son máquinas generadoras de titulares suculentos que incrementan las ventas del periodismo-basura y amarillista. “A sus pies, señoría”. “¡Queremos, necesitamos más palabrería, más polémica, más, más!

Por cierto, los párrafos anteriores empezaron a gestarse semanas antes de que sucediera lo que este periódico publica a finales de abril y es que ambos equipos se declaran Guerra en el mismo periódico y se acusaban unos a otros de comportamientos deshonestos y elevaban denuncias a la UEFA. Cualquier persona medio avezada lo habría pronosticado hace meses, viendo este arsenal de comportamientos rencorosos. La noticia se completa con la creciente tensión entre algunos de los componentes de la selección nacional. Algunos según parece “han quedado marcados”.

Vergonzosos, patéticos y lamentables ejemplos son los que nos están dando. Incluso Casillas, un tipo honorable donde los haya se ha visto envuelto en una agria polémica al gritar al viento sus palabras relacionadas con un “robo arbitral”. ¡Cuanto niñato dios mío! ¡Que paren el mundo del fútbol que yo me bajo! ¡Que no se me pegue nada!

No importan los malos gestos, la falta de solidaridad, la mentira, el desprecio por los valores, la incultura. Nada importa salvo el triunfo final: barrer al enemigo.  


Autocrítica de los futbolistas

Otra de las críticas a un buen porcentaje de futbolistas o entrenadores (que no todos seamos justos) es esa carencia de autocrítica de la que semanalmente hacen gala. No importa que su equipo haya equivocado la táctica, haya jugado con parsimonia o que un miembro del equipo haya errado varios goles a puerta vacía, si el árbitro ha cometido un error que les haya perjudicado en múltiples ocasiones se le señala como responsable de la derrota. El espíritu autocrítico brilla más por su ausencia que por su presencia. Cuanto más cerca se encuentra un equipo de un título o del descenso, cuanto más se eleva el nivel de estrés corporativo, más acude al rescate de excusas inexcusables. En el fútbol, quédense con esta frase, si no existiera el árbitro habría que inventarlo. ¿Se imaginan la ausencia de un chivo expiatorio, de un cabeza de turco? No me puedo imaginar a muchos de los protagonistas de los partidos, aficionados o directivos tenerse que aplicar en el arte de identificarse como únicos culpables, de entonar el “mea culpa” sin esconder la cabeza, sin meter el rabo entre las piernas, sin lloriqueos, ni pataletas adolescentes.

Una cosa sí tienen razón los jugadores, ellos siempre ayudan al juez: nunca le presionan con sus protestas, ni hacen aspavientos ni gestos desconsiderados, ni por supuesto exageran las faltas o se arremolinan en tanganas. Y el público o la prensa tampoco. Siempre le facilitan las cosas. Son de una caballerosidad exquisita. Esto que proclamo, no tiene discusión, es tan real como una mezquita budista. Sinceramente, a veces semejan a niños en un patio de colegio “Joo, yo no he sido, ha sido manolito”. Si yo fuera el árbitro, les daba el silbato y les decía: “Apañaos chavalotes, que arbitrar es de lo más fácil, ya lo comprobaréis. Un cursito os haría falta”.

Estos modelos, que se comportan de una manera tan triste, indigna e infantil son muy típicos de la sociedad en la que vivimos, en el que raciocinio y la objetividad son masacrados diariamente y donde el fútbol se eleva como obra cumbre, y todo lo que sucede en los campos afecta de manera inusitada a millones de ciudadanos que no parecen encontrar temas más interesantes que comentar, ni lugares más sugestivos a los que acudir.


Caso típico. Wegner, entrenador del Arsenal

Un último ejemplo revelador, si la táctica del entrenador ha sido deficiente y errónea, tampoco es este motivo para entonar el mea culpa. Que se lo digan a Wenger, entrenador de un gran equipo, el Arsenal, que se presentó en el Camp Nou, estadio que alberga los encuentros del Barça, y fue absolutamente incapaz de chutar a puerta durante 90 minutos, mientras el equipo rival le cañoneaba una y otra vez sin piedad. Al final de la eliminatoria, no tuvo reparos en señalar de manera clara como motivo de su derrota la expulsión de uno de sus jugadores de manera injusta. De su cobarde estrategia, de los varios penalties no pitados en su contra, del clamoroso gol de Messi anulado injustamente en el partido de ida, o de la mayor calidad del equipo rival nunca se supo. “Si hubiéramos jugado con 11 jugadores hubiéramos ganado seguro”. Muy convincente. Tampoco es el único. Una cosa es defender a tu equipo, otra es la presión que se sufre en un deporte tan competitivo, pero retratarse de esta manera resulta triste: revela la imagen de un perdedor.

Son estos algunos extractos de personajes célebres dentro de aquello que llaman fútbol, pero que también pueden aplicarse a otros deportes.

Por cierto, otro caso flagrante, por el bando contrario y procedente de Bulgaria, se llama Hristo Stoichkov. ex – Bota de Oro. Un tipo beligerante, dueño y señor de un ponzoñoso vocabulario. Cada vez que abre la boca es para meter cizaña y atiborrar de críticas al “equipo blanco”. Consecuencia: idolatrado en “Can Barça”. En todas partes cuecen habas. Todo esto quiere demostrar que cuanto más pasión levanta un deporte o actividad, cuanta más rivalidad existen y cuánto más dinero mueve un juego más cerril y barriobajero se vuelve y más reprobable el comportamiento de los aficionados.


El árbitro.
Finalmente y para acabar este resumen de despropósitos futboleros pasamos al juez de la contienda, el señor árbitro. Este representa el comodín del perdedor, un agujero negro donde se vierten las frustraciones del derrotado, un elemento aglutinador de errores ajenos. Total, a él no le defiende nadie, se le puede despellejar sin pudor. Si en un partido, sucede que un jugador falla un gol cantado y el árbitro en otra jugada no pita un penalty claro, es el árbitro quien se le acusa de inepto, e incluso en ocasiones de estar “vendido”, y debe en consecuencia ser sancionado con permanecer en la “nevera” durante un tiempo razonable como “merecido” castigo. Algunos entrenadores, que no todos, no dudarán en señalarle como responsable subsidiario de su descalabro. Y si al siguiente partido acontece lo mismo pero se ve favorecido entonces esgrimirán inocentemente “desde donde estoy yo no se ve bien la jugada”, “hay que proteger a los árbitros”, “de los árbitros no hablo”. Sin embargo, el jugador que ha cometido un error igual o más grave y ha tenido al menos la misma culpa de la derrota que este señor que profesa el luto jamás se le censurará del mismo modo. ¡Es de justicia!

¿Se imaginan a una prensa que fuera tan “objetiva” con los jugadores que cometen errores como con los árbitros? Cada día se cargarían a unos cuantos jugadores por equipo. Pero claro, eso no quedaría bien, porque los jugadores sí disponen de múltiples seguidores. Es preferible apalear a quien no puede defenderse (les recuerdo que los árbitros no suelen hacer declaraciones públicas). Eso sí es un acto de valentía: disparar al muñeco. Que le jodan.


Reflexiones sobre el deporte de masas

Uno acaba reflexionando seriamente hacia dónde se dirige el deporte profesional o qué cualidades debe atesorar un triunfador. Visto lo visto, me aterra sólo el pensarlo. Cualquier procedimiento aun de dudoso lustre se considera aceptable para conquistar títulos. Cuanto más se profesionaliza un deporte más cavernosa se vuelve su deontología. Una cosa queda clara, no intente obtener un poco de objetividad en la morada del apasionamiento, del fanatismo, no la encontrará ni con la lupa más sofisticada. El aficionado, sobre todo el menos sano, que frecuentemente suele coincidir con el más leal, desoye la crítica sanadora, la opinión imparcial, sólo se aferra a las opiniones interesadas, ya que le resultan más llevaderas. Detesta, rehúye la verdad pues esta le resulta como una losa pesada, imposible de cargar. En el fútbol, la verdad no existe, sólo las opiniones fragmentarias. En consecuencia, un entrenador, o periódico deportivo que defienda a su equipo aun a base de protestar y mostrar únicamente los defectos del vecino o maquillando las situaciones acaecidas en un partido a su antojo será sin duda reverenciado. Se identificará con él. Frases extraídas de la prensa por parte de obnubilados aficionados: “¡Sí, está diciendo la verdad! ¡Lo que todos pensamos! ¡Hemos de defenderle!”. Más todavía hoy en día, donde los deportes se acercan más a una religión que a un pasatiempo y los gurús son elevados al nivel de icono de alcance planetario. Son más que simples entrenadores o meros deportistas.


El fútbol cada día más parece una guerra de bandas de tipos sin educación ni profesión. ¿Hasta dónde vamos a llegar? Siento una terrible vergüenza al contemplar todas estas actitudes de patio de colegio. El fútbol últimamente parece un restaurante de esos que venden hamburguesas y salsas con un kilo de grasas saturadas: alimentan y luego permanecen durante días en el estómago. Una cosa indigerible. Le deja a uno mal el cuerpo.

Notas:


Allá donde habite la pasión y el fanatismo, no busques racionalidad u objetividad. No la encontrarás ni con la lupa más sofisticada.  
Buscar verdad u objetividad allá donde habite la pasión y el fanatismo es como excavar un pozo sin fondo. Echarás a perder tu vida antes de encontrarlas. Y lo peor, puede que tu búsqueda genere más dolor y enemistad que satisfacción
.
Mediar entre aficionados extremistas es un riesgo que nadie debería correr si no quiere salir escaldado. Más vale decirles lo que quieren oír.
El informador subjetivo colorea la verdad con los tonos más agradecidos que favorezcan su indumentaria.

Hay quien se ha pasado media vida discutiendo sobre las decisiones de un árbitro o las alineaciones de tal equipo en discusiones vacías que no llevan a nada salvo a enriquecer al ídolo, al ofrecerle nuestro tiempo y atención. Con tanto aficionado al que no le importa la verdad ni la objetividad si no es para ver a su equipo, ponerse a discutir sobre si una acción es penalty o el árbitro es bueno o malo no sirve salvo para desperdiciar horas de nuestra vida que podríamos utilizar en cosas más constructivas. Horas que jamás podremos recuperar.
 
Concluimos esta sección con un consejo que puede resultarles muy ventajoso:
Adopten una piedra de río como nuevo fetiche antes que a un ídolo del espectáculo. Puede que sea esa una de los mejores decisiones que hayan tomado nunca.






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