El anti-ídolo. Ensayo y crítica sobre los ídolos contemporáneos.

Creado: 31/1/2012 | Modificado: 7/7/2014 2105 visitas | Ver todas Añadir comentario



 

Filosofía del número 1. ¿Paradigma de buena educación?

Cualquier persona con una formación cultura de nivel medio puede afirmar sin titubeos o miedo a equivocarse que la la formación como especialista, ya sea como deportista, artista o de cualquier otro ámbito laboral forma parte inherente de una completa educación, de una formación humana integral. Queda claro en la frase anterior la restricción: “Parte”. Es decir no la incluye como un elemento global o totalizador.

Si en un ejemplo clarificador relacionáramos educación con alimentación podríamos afirmar que una completa educación es fácilmente comparable a una equilibrada nutrición. Y esta se compone de hidratos de carbono, grasas y proteínas en una proporción determinada. La pócima de la dieta equilibrada consta de variopintos ingredientes: frutas variadas, carnes, pescados, cereales, verduras, legumbres, hortalizas, etc.

El practicante de una disciplina ya sea deportiva o artística (etc.) determinada se podría comparar con aquel que consume un alimento específico. Utilizando una simple correspondencia relacionamos el deporte con las frutas (podría haberse elegido cualquier otro grupo de alimentos). Las frutas son componentes esenciales de una dieta equilibrada. La práctica de un único deporte se podría relacionar con el consumo cotidiano de alguna de ellas, por ejemplo las naranjas. Utilizando el símil frutal, el mayor consumidor de naranjas, el que más o hábil o rápidamente las deglute se entronaría en una sociedad de especialistas como el individuo más sanamente nutrido, un tipo cuya dieta debe ser imitada por los demás individuos.

Si alguien propugnara que una saludable alimentación consta básicamente de atiborrarse de naranjas y como aderezo algún otro alimento de manera ocasional se le trataría de chiflado, ya que es obvio deducir que la defensa o seguimiento de ese régimen alimenticio daría paso a un claro déficit  de nutrientes en el organismo del consumidor que causaría múltiples patologías de mayor o menor gravedad según su particular bioquímica. Por consiguiente, un consensuado beneplácito popular por dicha filosofía gastronómica provocaría un aumento considerable de dolencias físicas, orgánicas y psicológicas de cada comensal. Pero esto no ocurre en un mundo orientado de forma compulsiva a generar especialistas. Llegado a tal extremo de dejadez, los consejeros nutricionistas se las verían tiesas para convencer a muchos comensales de la perentoria necesidad de incorporar alimentos básicos a su menú diario tales como carne o pescado en su dieta. Extrañamente, por el mero hecho de aconsejar tales medidas reparadoras se les tacharía de "enajenados", precisamente porque sus consejos atentarían frontalmente contra la mentalidad reduccionista que impera en la sociedad.

Resumiendo, si la nutrición fuera un valor apreciado, esta opción como desdeñable (por no decir peligrosa) por los efectos nocivos que indudablemente originaría.

Abandonando la metáfora, retomando el tema original y explicándolo en otras palabras: el hábito de realizar ejercicio físico se integra dentro de la definición de una buena didáctica de formación al individuo, pero esto no implica en absoluto que la figura de un afamado deportista se le observe como canon de comportamiento, pues que esa opción, como hemos visto (por analogía) acarrearía deficiencias en otros aspectos de la vida y personalidad del individuo que no por alcanzar ese grado de especialidad se verían potenciados, mas bien al contrario. Esta argumentación puede aplicarse a cualquier individuo altamente especializado, no únicamente a deportistas profesionales.

En otras palabras, estamos hablando de claros y flagrantes casos de negligencia educacional que al reproducirse de forma multitudinaria provoca una plaga de efectos secundarios de tamaño colosal, porque a fin de cuentas incluso una pequeña falla en la constitución de una teoría educativa (o alimentaria) al ser aceptada y venerada por millones de individuos genera un efecto tsunami de efectos colaterales nocivos devastadores. Efectos que iremos relatando de manera progresiva en este ensayo.

La cuestión radica en que un ídolo al ser considerado “grande” o “ejemplo para la sociedad” por el hecho de perpetuarse en repetir unas pautas homogéneas de conducta que le llevarán a la cima de su especialidad, todas las demás cualidades atribuibles al mismo sujeto (defectos o virtudes) disociadas de ese hábito, sean o no muy acusadas, se tornan irrelevantes, es decir son ignoradas y por ende degradadas, es decir reducidas a la nada.

Si retornáramos al ejemplo anterior dedicado al magisterio gastronómico, constataríamos con horror como millones de individuos reducen el consumo de pescado, carne, lácteos o verduras con el fin de rendir total pleitesía a la fruta mencionada de dulce sabor patrocinada por un señor en pantalones cortos que tartamudea los dictámenes de la industria que le paga. Este discurso puede sonar lógico en un mundo dominado por especialistas, pero se antoja absurdo y desatinado si pretendemos obtener como paradigma un ser humano “mejor alimentado”, es decir más sano, más “íntegro”. Menos todavía si lo que pretendemos es construir una sociedad que se asiente sobre sólidos pilares morales.
 

El campeón dentro de una sociedad de técnicos especialistas no necesita de otras virtudes que acompañen al ejercicio de su profesión, puede adolecer de múltiples defectos fuera del terreno de juego o escenario en el que orbita sin por ello disminuir su privilegio y estatus.


El nivel de reconocimiento del cualquier ser humano se mide por el mayor logro que haya obtenido en vida, independientemente de cualquier otra consideración. Consecuencia lógica de esta máxima: todo el mundo trata de esforzarse en hacer una sola cosa bien… aunque realice todas las demás de forma deplorable y adolezca como resultado del tales influencias múltiples y graves defectos de personalidad.

La tradición de esta premisa está tan arraigada que prácticamente la humanidad resulta cómplice a la vez que partidaria de esa argumentación absurdo y reduccionista. Se cumple pues la repetición y/o aceptación de esas pautas de comportamiento, de esa filosofía, por el resto de sus seguidores.

El mayor orador es el triunfo.

Se exaltan una o varias cualidades ninguneando el perfil completo de una persona. En consecuencia, la integridad y la coherencia de cualquier supuesta educación se ven vulnerada de manera notoria. De ahí se infiere que si los tomamos como insignes paradigmas a imitar, no propiciamos el desarrollo de individuos completos, polifacéticos, con una ética intachable y que defienden valores humanos esenciales más bien individuos que adolecen de comportamientos infantiles (¿meter una pelota en un hoyo? ¿dedicarse a hacerse fotos o cambiarse de ropa cientos de veces por día?), se solazan con entretenimientos sin valor intrínseco (¿jugar a la playstation?), de miras restringidas o mentes diminutas e inhábiles para aprehender más mundo que aquél al que abrazan. Conviven en un universo donde ni siquiera la cultura, la bondad, la generosidad o la empatía son signos identificativos, si no accesorios (no necesarios). Son individuos que se pasan la vida defendiendo el consumo estricto de naranjas, atiborrándose de ellas, día tras día. Y es por ello, curiosamente, que la gente les adora y les tiene en alta estima. ¿No suena un tanto incongruente?

Con estos planteamientos (cultura del especialista) la maquinaria social y entramado  financiero parece funcionar correctamente y a pleno rendimiento, sin embargo las repercusiones que se derivan muestran un cariz ciertamente destructivo sobre todo en conceptos como la bondad, solidaridad, justicia, reparto equitativo de recursos, consumo responsable, educación emocional o la percepción de por qué ocurren las cosas.

Así, nos convertimos sin protestar en leales hombres-tornillo, tipos con expectativas de vida minúsculas ligados a un pequeño trabajo, con un corazón-lenteja, inhábiles para demostrar más amor que el de varios metros cuadrados (amigos, familia, etc), desprovistos de grandes ideales y surtidos de una mente-guisante, es decir con un intelecto constreñido a realizar las tareas aprendidas como especialista. Frágiles de mente, cortos de fuerzas, miopes de miras, idolatraremos a cualquier vulgar personaje por muchos defectos que tenga con el fin de obtener la libertad (fraudulenta como veremos más adelante) de despojarse de muchas de las ataduras y riquezas que se suponen otorgan la gran felicidad (discutible afirmación).

Jamás podremos evadirnos de esta servidumbre si no sabemos cuáles son las reglas que nos ligan a ella, si no nos conocemos a nosotros mismos y nuestra íntima naturaleza.

La filosofía de súperespecialistas amamanta y trata con cariño a los potenciales números 1 desde la infancia (sobre todo si se integran dentro de disciplinas de aceptación multitudinaria), pero disimula esa deferencia por el 99.9% de población restante, la que carece de opciones de alcanzar grandes logros. A los ciudadanos, llamémosle “secundarios”, no se les presta tanta atención aunque presenten una preparación más integral o enfocada a objetivos de índole no financiera o ligada al entertainment.

Este ensayo va dirigido a ese importantísimo porcentaje de población, para motivarles, animarles a la acción y convencerles de que la mayoría de semidioses a los que rinden culto no son en absoluto superiores a ellos. Lo entenderán, sin duda, cuando hayan recorrido todas las secciones de este ensayo: probablemente pasen a  contemplarlos más como tipos afortunados que como verdaderos líderes de nuestro tiempo. Definitivamente, creo que necesitamos una nueva especie de referente para la clase media y trabajadora, que nos lleve en volandas a superar nuestros miedos y debilidades, a aventajar, en suma, a nuestros presentes "campeones de lo insustancial". 

Necesitamos, en resumen, un nuevo tipo de ser humano, un nuevo tipo de ídolo, un nuevo tipo de educación.


Podemos enumerar algunos ingredientes clave de esta preparado hedonista listo para ser devorado por el ávido televidente: individuos con el brazo más fuerte, la sonrisa más hermosa, las piernas más largas y estilizadas, o el punto de mira más certero para acertar en un agujero con una bola, el tipo sin escrúpulos que más ventas logra, la empresa que más se expande aun a pesar de aniquilar tradiciones y culturas, el monologuista más ingenioso y cachondo, etc.

¿Es a un individuo de tales características a lo que denominamos “gran hombre”, a lo que llamamos “mujer con mayúsculas”? ¿A lo que designamos como “empresa líder”
(1)? ¿Deben considerarse estos iconos los más idóneos para dirigir pensamientos, imponer normas o repartir los boletos de la felicidad y el éxito a las nuevas generaciones?

¿No será más bien que son unos arquetipos minuciosamente pergeñados a partir de cánones que obedecen los magistrados capitalistas, esos que sólo piensan en obtener beneficios sin importar las consecuencias ulteriores de sus actos y procedimientos y por tanto se constituyen como ideales para defender y perpetuar las reglas y costumbres en una sociedad como la descrita? En otras palabras, ¿no habría que apuntarles como responsables subsidiarios de muchos de los males que infectan nuestra sociedad precisamente porque son ellos los encargados de canalizar las corrientes de pensamientos que empapan las mentes de millones de individuos? ¿Y en tal caso no sería tan lógico como obvio derribarlos de su pedestal para inaugurar nuevos focos de atención, establecer nuevos cauces de conducta, para recomponer nuestras individualidades con legados de más calado, es decir, en otras palabras, para cambiar el mundo?

La lógica de ese planteamiento nos aboca irremediablemente a la conclusión de que muchos de ellos (no necesariamente todos), no son más que tipos corrientes con un único gran talento específico, o adolecen de grandes defectos ocultos y por tanto se reducen a personas de discutible valía humana.

Lo que nos lleva a la siguiente sección...


(1) Otro ejemplo claro de lo que se expone en esta sección se relaciona con las cadenas de comida basura. Tomemos como ejemplo a McDonalds, una empresa estadounidense cuya impresionante expansión internacional  merece ser digna de estudio en las facultades de Economía. Una consecuencia de su inopinable triunfo: fomentar el hábito de consumir comida-basura en todos los rincones que su luminoso slogan ha logrado colonizar. Curiosamente, hoy día, los niveles de obesidad y muertes relacionadas con esa dieta hipercalórica y de grasas saturadas constituye una de las principales causas de muerte. España, por su parte, tiene el "privilegio" de lucir a los niños más "michelinosos" del mundo. Puede revisar la sección relacionada con la comida basura para más detalles.






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