Figuras de museo. Crítica a los ídolos ancestrales

Creado: 22/3/2012 | Modificado: 15/5/2012 1302 visitas | Ver todas Añadir comentario



Figuras de museo. Crítica a los ídolos ancestrales.

Recuerdo la visita a un museo de cera hace unos años durante una estancia de dos semanas en la monumental y maravillosa ville de Paris. Dicho mausoleo, el reconocido Madame Tussaud se emplaza en una calle cualquiera y luce modesto sin grandes murales que lo diferencien del resto de viviendas o locales.

Nada más entrar, un recinto claustrofóbico te retrotrae a diversas épocas de la reciente historia de la humanidad. Cada escena del ambiente, lacónicamente escenificada, te sumerge en una realidad sugerente, brillante en unas ocasiones, grotesca y deprimente en otras que se palpa, que fluye sutilmente a partir de recreaciones de cera de una creatividad insólita. Cada una de ellas te escrutan discretamente con su pasiva autenticidad, te comenta sus pensamientos en un enigmático silencio. Descendemos en el tiempo hasta la época oscurantista o bajomedieval, de terratenientes y clanes religiosos, saltamos varios siglos en el futuro para contemplar la efervescencia literaria del  humanismo renacentista, que rinde el culto al hombre, para finalmente aterrizar en la era moderna de luces vanidosas acompasadas con lustros de terrible negrura, de grandes masacres mundiales.

La lista de representaciones es larga: reyes que rigieron de forma despiadada, científicos descubridores de humildes panaceas, artistas indigentes que murieron bajo el yugo de las leyes abusiva y la incomprensión, héroes libertarios, monjas beneméritas, etc. Bajo la tenue iluminación del recinto, suspendidos como entes arrancados de sus egocéntricas épocas, en una coyuntura extática, se muestran con toda su crudeza, con ilustre esplendor, con todo su detallismo vigoroso. Su efigie se vislumbra tan sólida. Tan vivas. Tan cercanas y llenas de expresión en sus rostros.

En un rincón no laureado, se atisba la anatomía de un hombre. Y la de una mujer. Cercanas que no juntas. Se entrecruzan sus miradas. Se prestan a tocarse, pero no logran su objetivo. El fotograma de cera parte la acción y la divide separándola en dos pedazos cuyo hechizo se desprende lánguidamente. Son dos formas de realidad sencilla que tienden hacia sí mismas, que pretenden un vínculo; se columpian en un estado de excitación simbólica, suspendidas en los albores del tiempo. De hecho el tiempo, dejó de referenciarlas como un marco válido. Existen todavía. Existen como nunca. Existen para siempre. Pero no se sabe de qué época fueron abruptamente desgajadas. Los ropajes son meramente una invención, un adorno añadido que no limita su sentido. Circundados por un halo de misterio que no parece advertirse a simple vista. No para cualquier individuo que sólo transcurre como un espectador sin alma. Un transeúnte que sólo ve, pero no siente el cálido flujo de sentimiento.

Son un mito representado, una tímida leyenda, unas líneas al margen. Se desconocen sus nombres. En su silencio cáustico no se desvela la algarabía interior que les reina. Ese rictus que vincula la vida y la muerte, en un instante donde los límites se evaporan como vaho inconsistente y todo atisbo de confusión desaparece. La naturaleza alberga un sentido sin precedentes. Es la vida y su significado. El amor entre un hombre y una mujer. Sin física aparente. Sólo tendencia, espíritu, imaginación, lujuria sin sudores, admiración, crítica, benevolencia. Un roce críptico a la mística de los sentimientos. Una pincelada, un esbozo, una verdad resguardada en una mirada que se cruza como una daga mortífera, desquitándose de las limitaciones humanas. De la muerte, de los dioses y diablos religiosos, de las reglas y protocolos crudamente instituidos. El amor traspasa toda frontera natural, prolongándose suave pero firme sobre cauces inaparentes.

Como si el universo fuera a explosionar y de un acto sincero dependiera su recuperación. Su esperanza. Un momento expiado como un cántico excelso, como obra cumbre, para la eternidad en el que hubo amor para ser trasladado por los eones y fuera motivo de admiración. Y fuera motivo de reproducción. De clonación. Pero los sentimientos no se pueden mimetizar. Los sentimientos son espíritus libres que sólo se posan en corazones valientes y dispuestos a acogerlos. Pocos, pues estos vienen desprovistos de espacios para las bellas frases.

Un cartelito anunciador "Los amantes.". Qué bella intriga es la que supuestamente te ofrecen dos personajes frente a frente. El paradigma proviene de la confluencia de una línea visual que define la victoria del Sentimiento que se esculpe con carteles minúsculos. De la relación, de la fusión espiritual entre un hombre y una mujer. La física contienda sólo se imagina a partir de la espiritual.

Pero aunque su perfección fuera declaración unánime, los amantes sólo se contemplan a sí mismos obviando una realidad más amplia. La del mundo que les circunda y les ofrece un plano de referencia, sobre el cual vibrar.

Sueño con esa profundidad que sé que nadie alcanzara siquiera a atisbar. Y aun lográndola durante un memorable instante, mi amor no se detendrá únicamente para ser totalmente satisfecho por un único ser, pues el amor es más que la perfección de una mirada virgen y la ligazón de dos corazones . Y los mitos nos enseñan que lo inalcanzable no es sólo plausible, sino necesario.

Ahí fuera, un cielo, una tierra y un guiño indestructible relacionando dos géneros opuestos, llamados a complementarse.

Fuera yo la pieza del museo ilocalizable, perdida. Fuera ella, la mujer, mi mujer, la redención de los tiempos incultos. Y fuera la humanidad, la que nos envuelve con su admiración, ese guiño o pasaje hacia la eternidad.


Conclusiones.

Este artículo viene a colación debido a que me resulta un poco fastidioso la "obligación" de recordar figuras míticas del tipo de Átila o Gengish Khan, auténticos sanguinarios, asesinos de masas, idolatrados por los libros de historia. A éste último, incluso alguna fuente considerada lo bautizaba como "príncipe de los hombres". 

En palabras de Erich Fromm, en su libro "Tener y Ser":

"La meta de los héroes era conquistar, triunfar, destruir, robar; la realización de su vida era el orgullo, el poder, la fama y una insuperable capacidad para matar (San Agustín comparó la historia de Roma con la de una banda de ladrones). Para el héroe pagano, el valer de un hombre dependía de las hazañas que realizara para alcanzar el poder y conservarlo, y moría con gusto en el campo de batalla en el momento de la victoria. La Ilíada de Homero es una descripción magníficamente poética de conquistadores y ladrones glorificados. Las características del mártir consisten en ser, dar, compartir; las del héroe son: tener, explotar, violar. (Debe añadirse que la formación del héroe pagano se relaciona con la victoria patriarcal sobre la sociedad basada en la madre. El dominio de los hombres sobre las mujeres es el primer acto de conquista, y el primer uso explotador de la fuerza; en todas las sociedades patriarcales después de la victoria de los hombres, estos principios se convirtieron en la base del carácter masculino.)"

"La historia de Europa y América del Norte, a pesar de la conversión al cristianismo, es una historia de conquistas, orgullo, codicia; nuestros valores más elevados consisten en ser más fuertes que los otros, en vencer, conquistar y explotar a los demás. Estos valores coinciden con nuestro ideal de "hombría " sólo el que puede luchar y conquistar es un hombre; el que no se decide a usar la fuerza es débil, o sea, "afeminado". No se necesita demostrar que la historia de Europa es una historia de conquistas, explotación, fuerza, subyugación. Casi no existe un periodo que no se caracterice por estos factores, ninguna raza ni clase se exceptúan. A menudo esto incluye el genocidio, como el de los indios norteamericanos, y ni aun las empresas religiosas, como las Cruzadas, son una excepción."

Las batallas de antaño se han trasladado hoy en día a los campos de juego o a las urnas, aunque desgraciadamente este siglo que apenas comienza todavía sigue envuelto en guerras brutales y sanguinarias. El siglo XX fue prolífico en conflictos armados, ej: la I y II Guerra Mundial, la guerra de Vietnam, la guerra del Golfo, la guerra fría entre las dos superpotencias mundiales, la guerra civil española, la guerra de Afganistán, las Malvinas, los conflictos en la antigua Yugoslavia (que incluyen guerras en Bosnia, Croacia), el genocidio ruandés, y otras muchas más que me dejo en el tintero, etc.(1)

Tampoco me convence el calado de esta clase de personajes (los representantes en los terrenos de juegos y aspirantes a dirigentes políticos), salvo raras excepciones, así que, revolviendo dogmas establecidos, ofrezco mi pequeño homenaje contestatario al amante.

El amante o aquel que conquista las tierras silvestres e inexploradas situadas en el corazón de los hombres  sin por ello derramar una sola gota de sangre. Su fuerza demoledora no procede del hecho de ejercer y diseminar el terror sino al contrario, de difundir la cordialidad y la confianza entre seres humanos. El amante es un paria, un ser arrinconado y minusvalorado, pero no por ello un símbolo de la ética del comportamiento solidario.

Como colofón, se corona como Hombre o Amante con mayúsculas en el momento que toma a un igual, a una Mujer de su mano, para llevársela consigo hasta el fin de los tiempos.

La crítica final viene debido a que sigue pareciéndome reducida la idea del amor a una persona si no es como complemento de la adhesión a un universo más grande.  La capacidad de amar, ciertamente, no tiene límites.


(1) Para una lista más detallada de las guerras acaecidas en el siglo XX, visitar el enlace siguiente:  http://es.wikipedia.org/wiki/Siglo_XX#Guerras_y_revoluciones






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