Soy economista y pido disculpas. Florence Noiville

Creado: 23/5/2012 | Modificado: 28/1/2013 1649 visitas | Ver todas Añadir comentario



Soy economista y pido disculpas. Florence Noiville

Texto: http://bolmangani.blogspot.com.es/2011/09/soy-economista-y-os-pido-disculpas-2_16.html

Florence Noiville nació en Boulogne-Billancourt, área metropolitana de París, a tiro de piedra del Campo de Marte y la Torre Eiffel. Tiene 50 años y es economista graduada en la École de Hautes Études Commerciales (HEC) de París; posee, además, un Máster en Derecho. Durante años trabajó para multinacionales como analista financiera. Dice que se hartó (“Cuando se sabe cómo leer presupuestos y cuentas de explotación, es como montar en bicicleta. El conocimiento se adquiere para toda la vida. De ahí la necesidad de pasar a otra cosa.”) y decidió cambiar números por letras. Hoy, además de escribir, dirige el suplemento Livres del periódico Le Monde. Casi todo esto me suena un montón, pero con menos brillo.

En realidad una traducción más correcta del título de este libro editado en España por Deusto (Grupo Planeta) sería Soy licenciada en la HEC y os pido disculpas, que vendría a ser como decir: “Soy economista licenciada en una de las escuelas de negocios más importantes del mundo, y por tanto he sido una de las causantes de la debacle financiera que ha asolado el planeta. Pido disculpas”. Desentrañemos los varios mensajes que esconden tanto el libro como la declaración implícita en su título original.
 


Foto: Noiville.com

Mientras leía fui subrayando cosas, fiel a un estilo ratificado por Mario Muchnik. Lo primero fue: “En cuanto al marketing, ¿qué ha producido? Un consumo excesivo y febril, una ‘gigantesca pirámide’ de falsas necesidades y graves frustraciones con un riesgo de sobreproducción, un desempleo masivo y un despilfarro irreversible de los recursos naturales…” ¡Bravo! El griterío publicitario y las técnicas de venta han fabricado una raza de borregos adocenada por la religión de las compras superfluas. Esto es así desde casi principios del siglo XX. Pero si se piensa mejor el inicio puede remontarse bastante más atrás, cuando cuajó el concepto de burguesía, o cuando se despilfarraban recursos a la mayor gloria de reyes y aristócratas, o cuando se inventó el préstamo, el comercio, el dinero, la propiedad privada, la jactancia, la envidia, etc.



Noiville concluye en el flaco favor que ha hecho la ciencia económica a la sociedad, alimentando su voracidad hasta el enloquecimiento, y sobre todo alimentándose a sí misma hasta la implosión
. Ya escribí sobre la importancia de conocer los orígenes de los sucesos, para poder comprenderlos cabalmente. En este artículo y en este otro recomendé libros que procuran al lector un acercamiento directo, sin intermediarios espurios, a asuntos del pasado cuyo paralelismo con las dificultades actuales es innegable. El libro de Noiville viene a señalar como causantes del desastre a un selecto grupo de privilegiados de la bacanal financiera. Al que ella pertenece, o pertenecía.

Porque, ladies and gentlemen, estudiar en instituciones como la HEC no es fácil. El candidato debe estar encarrilado desde la infancia. Aunque Noiville pone el ejemplo de la estudiante hija de una portera parisina —qué original— que estudió, es de suponer que becada, en la HEC, lo cierto es que el principal requisito para entrar allí consiste en el previo abono de un importe elevado. El pedigrí siempre cotizó al alza. Los estudiantes, dice, nunca tuvieron una especial preocupación por las salidas profesionales al término de sus carreras; les esperaban los mejores puestos en las mejores compañías y con los más altos salarios. Esto es lo que daban por descontado los padres de los alumnos, ellos mismos, los dirigentes de la Escuela y las empresas ávidas de carne de reemplazo.

A los egresados se les entregaba, junto con el diploma acreditativo, la presunción de una magnífica formación y, ojo al dato, una brillante inteligencia. Amén de la banalidad de buena parte de las reflexiones de la escritora —al menos en lo que a mí, como economista, me concierne; otra cosa sería si el público objetivo fuera distinto—, lo que subyace bajo el texto, a ratos en primer plano, es la puesta de manifiesto de una casta profesional en cuyas manos, se afirma, ha estado y está el mundo. Asegura que por su gran inteligencia y sus excepcionales conocimientos del engranaje financiero, esa nobleza de la ciencia económica ha disfrutado de una patente de corso que no ha desaprovechado. Mientras que los ciudadanos de a pie —fontaneros, economistas, médicos o escritores—, pobres diablos, nos asoleábamos en el parque de los productos y servicios, ellos, Amos del Universo, estaban royendo nuestro futuro y el de nuestros hijos, hipotecándolo a perpetuidad por el simple hecho de que sabían cómo hacerlo.

El discurso recorre diversas experiencias de la autora, quien además entrevista a antiguos compañeros y a actuales estudiantes de la HEC. Constata que, aunque exista una larvada consciencia de que las cosas se están haciendo mal, la inercia y el acomodamiento pueden más que una ética no mamada desde la cuna —y que ahora, política y mediáticamente correcta, pretende imponerse desde la bandera de la indignación—. Valoramos el triunfo personal por sobre todas las cosas, y sólo en algunos individuos es posible observar una tendencia al cambio por cansancio o asco: economistas “quemados” de ganar dinero a costa del apalancamiento ajeno que buscan refugio en ocupaciones alternativas part-time, como la psicología, los deportes o las traducciones literarias desde el árabe. Noiville habla con ellos y con otros personajes en París, en Nueva York, o paseando delante del Taj Mahal. Es en el curso de un sueño, ambientado en su antiguo campus en el año 2019, cuando concibe una esperanza (onírica) y acaba pidiendo disculpas por ser economista —en el original francés, por ser licenciada en la HEC París—.

No todo es negativo. En el curso de sus investigaciones, recala en un seminario en Harvard en el que se reconoce que los MBA “cultivan ‘competencias cada vez más vacías y superfluas’ y ‘forman a los estudiantes equivocados de la forma equivocada y con las consecuencias equivocadas’”, y después ella misma acusa a ese tipo de enseñanza de coste prohibitivo de ejecutar un vacío y “gigantesco copia y pega”. Antes o después conoce a Yunnus, el banquero de los pobres, quien le descubre que “también los mendigos pueden hacer negocios”, y con ello, de alguna manera —es posible que sin pretenderlo—, avisa de las consecuencias desastrosas que para una gran parte del Tercer Mundo tendría un cambio de paradigma económico, del capitalismo hacia lo que fuese.

No, Florence, la culpa no la tenéis tú y tus compañeros de estudios. O no más que políticos, arquitectos, médicos, fontaneros, abogados, mecánicos y escritores. No podéis emular a Einstein, que se apenaba de, con su trabajo, haber dado pie a la invención de la bomba atómica. No sois tan inteligentes. En todo caso, normalitos, del montón. Aunque no seáis conscientes de ello, allá arriba, en vuestra cúpula de cristal, habéis estado a nuestro servicio. Mientras os dejabais el pelo y las neuronas diseñando productos para una vida peor, a ras del suelo nos lo hemos pasado en grande disfrutando de unos años cojonudos en los que algunos de tus compañeros de profesión regalaban a manos llenas lo que no tenían. Si yo te contara…

Siento que esta crítica no sea todo lo buena que podrías esperar, pero me debo a mis lectores. Sí, a esos a los que diriges tu libro, que espero se venda mucho. Te sorprendería saber lo escasa que es en España la ratio de numerólogos de las finanzas que también están abonados al arte. A ellos, ni con tu discurso ni con cualquier otro basado en palabras podrás convencerlos. Esa gente sólo entiende el idioma de las hostias y no te preocupes, estamos en ello.

Una última cosa. Ya sé que ahora te dedicas a asuntos librescos, pero como afirmas mantener contactos de alto nivel, diles de nuestra parte que arreglen la situación, pues de lo contrario serán ellos quienes caigan al vacío. Nosotros no. Nosotros ya estamos aquí abajo




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